Hace muchísimos años, las cosas se hacían para perdurar en el tiempo. Y la calidad de un producto se medía por su durabilidad. Era un signo de confianza y de trabajo bien hecho. Las grandes obras de la humanidad se reconocían por haber transcendido la fragilidad del tiempo que a todos irreversiblemente nos devora. Ahí están las pirámides, el coliseo romano, el acueducto de Segovia, las catedrales y mil ejemplos más que podríamos citar.  Sin embargo, hoy es todo lo contrario.

El homo consumens se aburre si las cosas no cambian, lo cual resulta muy sintomático de la ruptura existencial que hay en su interior y  que se exterioriza en la necesidad impulsiva de cambiar por el mero hecho de cambiar. Cambiar de móvil, de nevera, de coche, mujer, marido, sexo, etc., cada uno según su medida. El nuevo orden mundial ha venido para cambiarlo todo.

Antes era sólo el resultado de una elección individual, ahora en la práctica es una imposición mundialista. Estamos obligados a cambiar, querámoslo o no, porque los electrodomésticos y demás cacharros electrónicos han sido fabricados con fecha de caducidad para que duren lo justo. “Eso es el mercado amigo”, dijo una vez, un famoso banquero y ex ministro de economía.

Puedes cambiar todo lo que quieras, incluso a ti mismo, porque todo vale, excepto no cambiar. El mundo que nos rodea es de usar y tirar. Por cambiar, algunos cambian hasta de chaqueta, y no me refiero sólo a la que está hecha de tela, sino también a la ideológica. Ya lo dijo Marx, pero no el político sino el cómico, “estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros”. La cuestión es moverse, no quedarse quieto, no vaya a ser que nos confundan con algún dinosaurio o rara avis del pasado.

El hombre flojo o consumista es el hombre que ha creado este sistema engañoso que vende “gato por liebre”.  Es el individualista que camina solo por la vida sin contar con nadie más que con su ego. Es el títere, el muñeco frágil y roto que quiere el sistema.

Pero una cuerda bien trenzada es una cuerda fuerte que difícilmente se rompe. Es la cuerda unida a otra, y esta a otra, y así sucesivamente, de manera que la contingencia natural de una, se reviste de fortaleza en la unidad y en el entrelazamiento con otras.

Así es como una familia, una comunidad y una nación difícilmente se rompen.

Pedro José Grande Sánchez ( El Correo de España )