El lenguaje político es una máquina trituradora de valores y por eso la mentira cada día cotiza más alto en el circo del engaño en el que chapotean a gusto los personajes más indecentes de nuestra sociedad.

Da la sensación de que para los políticos españoles el valor de la palabra se fortalece, cuanto más se miente, y como los que votan a un mentiroso lo seguirán votando mientras viva si comparten con él sus odios contra el que piensa de forma distinta, nuestra sociedad lleva camino de parecerse a la isla de los desesperados que lamentan no haber sabido reaccionar a tiempo ante un fraude del que también son sus víctimas.

Lo he escrito alguna vez y lo repito hoy. Los ciudadanos libres, responsables y con criterio tienen ideas, mientras que los que renuncian a pensar por sí mismos y a discernir entre el bien y el mal, tienen ideología, que es el catecismo de los sectarios incapaces de hacer autocrítica u desobedecer una consigna.

Como es imposible que varios millones de españoles estén ciegos, totalmente desinformados y ninguno de ellos se sienta estafado por las promesas incumplidas o la gestión ineficiente del partido al que votaron, la única explicación plausible para entender por qué siguen confiando en quien les engañó, es que les va la marcha, o se han creído la “Historial oficial”, título de una película argentina de infausto recuerdo.

En estos tiempos en los que la propaganda es un arma eficiente para confundir a los ignorantes o a los incautos, es razonable entrenarse en la duda metódica cartesiana, porque no existe alternativa fiable a la desconfianza preventiva sobre lo que nos dice el poder político o sus servidores mediáticos.

Lo más lamentable de todo esto, es la devaluación difícilmente recuperable del crédito que merecería tener la clase política y el servilismo impúdico de un sector del periodismo que ha dejado de trabajar al servicio de la verdad objetiva que define a los hechos.

Desde que las empresas periodísticas españolas están subvencionadas por el poder político o por sociedades sin ningún compromiso con la libertad o el bien común de la sociedad, somos más débiles como ciudadanos.

Por cierto, y lo cuento solo como anécdota.

Ayer vi en televisión española el programa “Plano General”,  donde su director Jenaro Castro, entrevistaba a un Pablo Iglesias rápido, hábil, inteligente e incluso sincero. Todo iba perfecto hasta que el periodista le preguntó si Vladimir Putin era un dictador, y su respuesta fue: “Putin es un señor de derechas”.

 “No hay más preguntas, Señoría”. Puede usted seguir pensando que la audiencia es gilipollas, pero… se equivoca.

Diego Armario