EL » MAGO » SÁNCHEZ Y EL PRESIDENT » COLLONS »

Hace ahora un mes, tratando de imitar al gran Houdini, el mago Pedro Volta estuvo a punto de perder la vida en el municipio madrileño de Navacerrada. Ejercitaba un embarazoso número de los que fue maestro el célebre escapista de origen húngaro.

Por un error de ejecución, el ilusionista gallego no logró librarse de las cadenas que le aprisionaban inmerso en un tanque de agua. Hubo de ser rescatado deprisa y corriendo tras perder el conocimiento. De milagro se libró de que los médicos certificaran su muerte cerebral.

No hay que ser muy imaginativo para establecer paralelismos entre lo acaecido a Pedro Volta y la peripecia de Pedro Sánchez. Atado de pies y manos, el presidente se sumergió en una moción de censura con los independentistas. Confiaba en emerger libre de ataduras y lanzarse a las urnas al acopio de los votos que mendigó para ser el presidente con menos escaños que ningún otro.

Empero, salvo que se zafe a tiempo de esas onerosas enlazaduras, corre el serio riesgo de hipotecar su futuro y el de todo el PSOE, en cuyas filas se ha desatado un «¡sálvese quien pueda!». Al cabo de seis meses como inquilino en La Moncloa, a donde llegó con el compromiso de convocar raudo elecciones, su dilema se cifra en lo siguiente: o se aferra en precario al banco azul con unos socios corrosivos o convoca unos comicios bajo las horcas caudinas de unos votantes que pueden pasarle factura por el endoso de esa gravosa hipoteca al conjunto de los ciudadanos. Demasiado para Sánchez.

Como expresión de la gravedad del momento, basta atender el indisimulado pánico de sus barones tras la debacle de este 2 de diciembre en su principal granero de votos e inmutable feudo los últimos 40 años de autonomía. El desalojo de la administración andaluza, edificada de nueva planta por los socialistas, ha tocado a rebato a quienes sienten el escalofrío de poder ser desalojados como Susana Díaz del Palacio de San Telmo. Quien hace nada era gran comendadora socialista -incluso extramuros de Andalucía- llora ahora su destronamiento como Reina del Sur y lo hace con mayor amargura, si cabe, que Boabdil la pérdida de Granada.

Ahora Díaz pena su arrogancia de tratar primero a Sánchez como si fuera un títere que le debía mantener el asiento caliente hasta que ella tuviera por pertinente aterrizar en Ferraz y luego de no saber rematar la tarea que emprendió cuando el hoy presidente rebasó libérrimamente la línea roja socialista que prohibía atajar La Moncloa pagando peaje al independentismo.

Mientras se dilucidaba la moción de censura del comité federal del PSOE contra Sánchez, un prácticamente desconocido entonces Torra se hacía pasar por airado militante socialista entre quienes enarbolaban pancartas contra la defenestración de Sánchez por los barones del PSOE. Nadie colegiría entonces que ambos acabarían de la mano.

A la postre, esa entente contra natura de Sánchez ha desatado una gran ola que se ha tragado cuatro décadas de régimen andaluz y ha arrojado por la borda a quien se arrepentirá de por vida haberse quedado a medias contra quien resultó ser un muerto bien vivo.

Cuando Díaz achaca su mengua de escaños al pago del canon soberanista para que Sánchez viva en La Moncloa, éste pensará lo que aquel corregidor al que su alguacil le llegó con la queja de que, por portar un mensaje suyo, le habían partido la cara: «Pues ahí me las den todas». Ningún otro barón quiere ser aquel Perico Sarmiento que recibió el sopapo destinado a su corregidor.

Francisco Rossell ( El Mundo )