EL MARCO EQUIVOCADO

Los partidos de oposición, que en teoría son todos menos el PSOE, han cometido esta precampaña un grueso error de arranque: aceptar que el marco del debate sea el de quién va a tener al final el privilegio o el honor de pactar con Sánchez. Eso se lo puede permitir Errejón, cuya candidatura nace para arrimarle al presidente una muleta en la que apoyarse; incluso Iglesias, para quien el acceso al poder se ha convertido en el factor clave sin el que Podemos se volverá una formación por completo irrelevante.

Pero en el centro y la derecha se trata de una equivocación esencial, de un fallo muy grave porque la idea de facilitar la investidura va en contra del criterio natural de sus votantes, que simplemente detestan al personaje. Y éste, por su parte, no sólo no valora la disposición de sus rivales a un eventual acuerdo como un gesto responsable, sino que la recibe con el desaire de una superioridad desdeñosa y arrogante, tratándolos como perdedores anticipados y pidiéndoles que se aparten y lo dejen gobernar -con el resto de la izquierda- sin deberle nada a nadie.

Las élites económicas y ese entorno capitalino que presiona a favor de un pacto transversal también se equivocan de objetivo. No es a Casado ni a Rivera a quien deben conminar para que acepten el compromiso, sino al jefe de un Gabinete interino que hasta ahora se ha mostrado incapaz, pese a ganar las elecciones, de sucederse a sí mismo.

Resulta utópico y estéril pensar que, después de todo lo que ha pasado, Sánchez puede obtener paso libre sin ofrecer contrapartidas a cambio. En el más optimista de los casos, tendrá que pagar un precio en forma de contrato programático: sobre Cataluña, sobre los impuestos, sobre la reforma de las pensiones y otros asuntos de Estado.

Y aun así, habida cuenta de los precedentes, el que confíe en su palabra ha de saber que corre riesgo claro de corresponsabilizarse de un probable engaño. Quien avala a un insolvente puede acabar embargado.

El presidente es el único responsable del actual bloqueo. También del anterior, que comenzó cuando su tautológico «no es no» forzó en 2016 unos comicios idénticos a éstos, que no son su plebiscito personal sino la consecuencia de su falta de esfuerzo. En primavera tenía a su alcance una mayoría estable con Ciudadanos y la cambió por una alianza inviable con Podemos que a la postre confesó -otra mentira- que le quitaba el sueño.

Él ha armado este lío y él debe resolverlo, tarea para la que le convendría dejar de tratar a sus posibles socios con desprecio. El elector de la derecha lo ve como el problema, no como el remedio, y no va a entender fácilmente que sus representantes se presten a sacarlo del atolladero.

Ayer, tras afirmar que sus adversarios le tienen miedo, él mismo dijo que «España necesita un Gobierno, pero no cualquier Gobierno». Por una vez tenía toda la razón: nadie debería olvidar eso.

Ignacio Camacho ( ABC )