EL MÁSTER DE JUGLARÍA

Una de las cuestiones dirimidas ayer en la Asamblea vallecana era el prestigio del ámbito universitario, cuyos chanchullos endogámicos afloran por culpa de este escándalo (no debe sorprender, por tanto, que Errejón, otro chanchullero, se borrara ayer pese a la oportunidad de bañarse en sangre rival). Para defender su buen nombre, la universidad mandó una vanguardia combatiente temible que estaba apostada a la entrada: nada menos que la tuna, además la de Aeronáuticas, que suena a Tuna Aerotransportable o a modalidad nueva de las Águilas Aulladoras aullando Clavelitos. Qué encuentro tan improbable de dos mundos y dos tiempos distintos ocurre cuando en la capa de un tuno aparece, bordado, el emblema de la NASA. Talluditos, por cierto, los tunos de ayer, se les está haciendo largo el máster, no sé yo si a esa edad conviene andar por ahí con una mandolina.

La presidenta Cifuentes acudió con una chaqueta de colores vivos que se parecían a los del suelo del Hemiciclo. Habríase dicho que pensaba sobrevivir a la tormentosa sesión mediante una estrategia mimética que conocemos del National Geographic por los cefalópodos. No fue así, no dejó de estar visible y de vindicarse hasta el punto de enviar al atril a un cobista tremendo, un cierto Ossorio, que le hizo un López Vázquez de manual con adjetivos de entre los cuales el más recatado fue «extraordinaria».

¿Ven?, Ossorio tenía que haber salido vestido de tuno ya que iba a cantar una serenata bajo el balcón de una dama. A juzgar por las sonrisas de Cifuentes según le caían argumentos de los adversarios sobre sus «lagunas» y sus «versiones cambiantes», y hasta un anuncio de comisión de investigación más benigna en realidad que una moción de censura, lo que sí pudimos comprobar es que se mantiene vigente el célebre consejo de Isabel Pantoja para capear la adversidad: «Dientes, dientes…». ¿Y cómo se defendió Cifuentes?

Bueno, en realidad lo más eficaz sería que presentara un trabajo que no parece existir en lugar de certificados más o menos improvisados y rematados con firmas presuntamente falsas y con una muletilla recurrente, «constancia documental», que recordó el «fin de la cita» de Rajoy cuando compareció por Bárcenas. Pero mientras encuentra el trabajo, lo primero que hizo ayer fue adjudicar intenciones a los grupos opositores de la cámara, que querrían difamar y desestabilizar un gobierno que estaría rociando felicidad sobre los madrileños.

En esta atribución de intenciones, lo más significativo en términos políticos es que Cifuentes no sólo se declara una víctima de intrigas de «la izquierda». También de su propio partido, como si estuviera sufriendo una interna más cruel que las habituales en el peronismo para hacerle pagar sus esfuerzos higiénicos contra la corrupción y quién sabe si sus ambiciones en la sucesión del cadáver marianista: ese Rajoy que, como Pío Baroja después de muerto, no se enteraría ahora si un brasero le quemara un pie. Hay que reconocer que sorprende que un partido que ha apoyado hasta el encastillamiento a presuntos corruptos se haya dado tanta prisa por insinuar la amortización de Cifuentes. ¿Y cómo atacaron los opositores, incluido el de Ciudadanos, que es al mismo tiempo opositor y apoyo del gobierno de Cifuentes?

Aunque, ya que hablamos de citas, la que empezó fuerte fue Ruiz-Huerta, que se arrancó con el Cicerón de las Catilinarias, «¿Hasta cuándo piensa abusar de nuestra paciencia?». Lo llega a decir en latín y me hago una toga con una cortina. Aun expresados con una iracundia mayor, sus argumentos fueron parecidos a los de sus compañeros de oposición, aunque aprecié un detalle de fina maldad cuando igualó a Cifuentes con el tradicional PP corrupto, que es precisamente el que Cifuentes se ha propuesto sanar y mientras tanto se desvincula de él cuanto puede. Terminó gritando «¡Dimita!», a lo que Cifuentes enseñó dientes, y fue ahí cuando comprendimos que no había un Cicerón en la sala pero sí unos tunos en el exterior.
David Gistau ( ABC )
viñeta de Linda Galmor