El materialismo es el verdadero enemigo de España, siempre lo ha sido. La historia de nuestra nación es una lucha constante contra invasores extranjeros. Hemos repelido a moros, franceses revolucionarios, reyes ilegítimos, soviéticos… siempre en pie de guerra contra el absolutismo y la centralidad política, que nada tienen que ver con la lealtad a la unidad, por mucho que los amantes del estado nación –como no, liberales– hayan convencido a todos que la nación es consustancial al estado.

Tanto es así que en las fábricas de historiadores marxistas –facultades de historia– se enseña que España nació con la constitución de Cádiz. Ese es el nivel del historiador que no cree en la historia; y así es la relatividad fundamental de las dos doctrinas, marxista y liberal, que teniendo progenitor común se nos muestran ya no como dos caras de la misma moneda, sino como dos métodos que conducen a la mismo: la concentración de la riqueza en una élite inmoral, y a la ruina del trabajador.

En España no necesitamos doctrinas extrajeras para regir el destino de nuestra gente, y mucho  menos cuando constituyen formulas mágicas diseñadas a priori para construir nuevas realidades al gusto de sus arquitectos. Los artífices buscan desesperadamente modificar una realidad que nos es dada, porque confunden el mundo del ser con el del deber ser.

Es decir contemplan la realidad de las personas como fenomenológica y excluyen de sus cálculo la razón práctica; o lo que es lo mismo: contemplan al hombre como un animal desprovisto de voluntad –como todo los racionalistas de la reforma– determinado a priori por elementos cognoscibles con suficientes datos técnicos.

Por eso las aventuras ideológicas terminan siempre en el exterminio material y espiritual del ser humano; desde la checa al tras-humanismo o post-humanismo, la cuestión es terminar con el hombre tal y como es dado.

El pensamiento católico siempre ha luchado con mayor o menos acierto contra la lacra materialista que niega el espíritu y la parentela divina. Pero no es una oposición caprichosa motivada por el fanatismo religioso que atribuyen a la acción eclesiástica los laicistas que en realidad lo ostentan, sino que defiende la libertad como estructura por ser necesidad impuesta por la lógica.

De aceptarse el materialismo la relatividad se hace norma general, así los valores fundamentales se convierten en creencias de la comunidad comunicativa –en palabras de Apel– y son fruto del consenso. La personalidad se transforma entonces en una herramienta modificable según la voluntad de la comunidad –el legislador– y las personas medios para logras fines colectivos –proyectos de ingeniería social–.

Por eso en la última fase la modernidad se discute incluso la posibilidad de que el sujeto decida su sexo o su edad. Es la última consecuencia del proceso, y termina como su antecesores, con la imposibilidad de conocimiento verdadero, y confundiendo al pensamiento con su objeto.

Lo esencial del pensamiento hispano lo expresó con tino Menéndez Pelayo cuando escribió aquello de «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio… ». El aristotelismo-tomista es nuestra doctrina filosófica fundamental, la propia de nuestra nación, la que extendimos por medio orbe.

Una doctrina que es consciente de la doble naturaleza divina y terrena, del mundo del ser y deber ser que no identifica ni confunde. Pero además es una pensamiento que no trata de modificar el límite-constituyente, se sumerge en el hombre y lo entiende conforme a su naturaleza según la revela experiencia empírica y no desde puntos de vista reduccionistas y parciales como desde el mercado o las relaciones de poder .

Fijémonos como el materialismo –marxismo y liberalismo– cercenan una parte de la realidad y tratan de explicarla desde la porción segregada, cual si ojos de sus ideólogos solo un elemento fuese capaz de explicar la realidad: la metería, el mercado, o el poder… es la aniquilación de la pluralidad , es el error del primer materialismo eleático.

Ahora nos conviene a todos un proceso de purificación intelectual que nos arranque de las garras del materialismo. Los nacidos a partir de los 80 hemos sufrido un bombardeo constante de propaganda anti-metafísica, de racionalismo y cientifismo.

Hemos sido educados en la fe laicista, en  la adoración al becerro de oro. Los problemas de la iglesia católica no provienen como advierten algunos charlatanes protestantes, del celibato.

La falta de vocaciones y la falta de practicantes hunde sus raíces en la imposibilidad psicológica de contemplar la divinidad, esto es aquel que quiere creer pero no puede porque contempla sus dogmas cientifistas como verdades inamovibles; como aquel que tiene una fe resuelta en el progreso tecnológico y no conoce el procedimiento electrónico de captación de ondas de la cámara fotográfica de sus dispositivo móvil.

Es esta coyuntura es imposible renunciar a los beneficios materiales para abrazar los del espíritu ¿que hay mejor que trabajar 40 horas a la semana para ver pelis en Amazon los domingos?.

El materialismo post-moderno tiene un objetivo claro: crear una sociedad a sus gusto –supongo que le sonará aquello de la nueva normalidad– y para ello es necesario destruir –eufemismo deconstruir –todo lo anterior ¿y que es todo lo anterior?

La tradición, lo que hemos heredado de nuestros padres. Lo que en el fondo tratan de destruir es al antepasado, al padre, a lo anterior ¿y que es lo primero anterior? Dios, cuya existencia necesaria se opone por la creación a postulado más fundamental del materialismo: que la materia es increada, que no tienen principio ni fin, estatuto que solo le esta reservado a Dios. El materialismo es el anti-Dios, y por tanto la anti-España.

España es la nación tradicionalmente opuesta a esta forma de pensar y por eso se ha buscado deliberadamente destruir su identidad. Ahora quizá sobrevive el pensamiento hispano en otras zonas más jóvenes de nuestra patria –Hispanoamérica– aunque también en ellas se ve muy amenazado.

En la España del viejo continente la guerra filosófica se perdió hace tiempo, y sin embargo hay suficientes signos para tener esperanza en que poco a poco recuperaremos las ideas del nuestra estirpe.

Carlos Ferrandez López ( El Correo de España )