EL MEDIADOR

Rodríguez Zapatero es un hombre en busca de un oficio  y al final parece ser que ha encontrado su verdadera vocación: quiere ser mediador de causas malolientes. Yo no sé si las busca o le buscan pero al final  los personajes  más indignos le encuentran siempre dispuesto a pelear por sus intereses, ya sean los chavistas o los golpistas catalanes.

A veces tiendo a buscar una explicación  del comportamiento de los seres humanos cuyas conductas son conocidas a causa de su notoriedad pública,  y casi siempre llego a la conclusión de que  en política algunos llegan a presidentes por méritos acreditados mientras que otros acceden a esa responsabilidad  porque una confluencia de casualidades, errores o maldiciones del destino les sitúan en el lugar al que nunca merecieron llegar.

Zapatero siempre ha sido un desubicado, un desclasado, un político que se quedaba solo y aislado en los Consejos Europeos y que se sentía más a gusto jugando al mus en Bruselas con sus colaboradores que conversando con otros líderes, y así descubrió que lo suyo era el “macarreo”  porque se sentía a gusto con gentes de esas características.

No me cuesta ningún trabajo imaginármelo  en sus encuentros con  Nicolás Maduro, charlando de chabacanadas y arreglando los reales del cobro por el indigno servicio que aceptaba hacer, mientras en las cárceles  venezolanas se siguen pudriendo los presos políticos y en las calles son asesinado por lo paramilitares los ciudadanos que se manifiestan.

Ahora le ha salido un nuevo cliente que se parece al anterior porque en su feudo se persigue y acosa a los disidentes, y ahí está dispuesto a negociar paga y honor  por su trabajo en favor de los golpistas en vez de preocuparse por pasar a la historia con más fama de hombre de estado que de felón  constitucional.

Hay presidentes de gobierno que se rehabilitan de sus errores, excesos o indignidades cuando se  convierten en ex, porque  juegan a parecer honorables y en ese momento entran en el club de los amnistiados por la historia que incluso se reescribe para ellos con más goma de borrar que lápiz de trazo gordo.

En España esa operación de cosmética política e incluso moral funciona de forma casi automática y con una rapidez de vértigo, como es el caso  de  Mariano Rajoy que en solo unos meses ha pasado de ser el presidente de un partido corrupto  para entrar en el limbo de los dioses terrenales, aunque es cierto que él ha ayudado a que el tránsito sea rápido porque no ha entrado en ningún sitio donde le paguen por conseguir favores para grandes empresas.

Yo entiendo que los ex presidentes vivan en un limbo, molesten poco y den su opinión cuando la gravedad de la situación del país lo aconseje, pero a cambio deben mantener la dignidad de lo que representan y ser ejemplo de lealtad constitucional.

Este no es el caso y dentro de unos años no estará solo en sus deslealtades porque Sánchez algún día también será ex presidente.

Diego Armario

viñeta de Linda Galmor