Como siempre es bueno que haya en la casa niños (o viejos) para echarles la culpa de un estrago, los palos por la vergonzosa manipulación del CIS caen sobre la espalda de Tezanos mientras disimula el que lo puso y lo mantiene en el cargo.

La crítica es justa pero el enfoque está equivocado porque el director del instituto sociológico oficial sólo cumple el mandato de ejercer -eso sí, con entusiasmo- como voz demoscópica de su amo. Las encuestas ‘truchas’ son una terminal más de la estrategia sanchista, cuya característica esencial radica en la universalización de la trampa, el fraude y la mentira.

Si el presidente ha mentido sobre su tesis, sobre sus pactos, sobre los indultos, sobre el Falcon, sobre los acercamientos de presos etarras o sobre el precio de la energía; si ha hecho de la pandemia una operación de engaño de Estado y ocultado el número real de muertos maquillando las cifras; si ha normalizado la falta de palabra como herramienta política, qué le pueden importar unos sondeos maquillados en busca de rédito ventajista.

Para un tahúr profesional, acostumbrado a trucar las grandes partidas, ese tipo de tretas no pasan de la categoría de distracción frívola.

Tezanos es, en ese sentido, un mero peón subalterno. Un veterano catedrático que desde hace tiempo mantenía con sus colegas un debate académico y se ha emperrado en llevarlo al extremo poniendo su método al servicio del Gobierno. La soberbia le ha hecho perder el pudor y el respeto profesional a costa de arruinar el prestigio del Centro y hundirlo en la ciénaga del descrédito.

Se ha convertido en un propagandista, un adulador dispuesto a revestir su peloteo con una capa de presunto conocimiento técnico a la que se le ven de lejos los remiendos. Y ha encontrado el mecenas, el jefe perfecto. El gobernante capaz de apropiarse sin sonrojo de textos ajenos o inventarse no ya informes sino comités completos de expertos. El paradigma del aprendiz de Maquiavelo que considera una rémora cualquier remordimiento ético.

Sánchez, por supuesto, aún no ha llegado a creerse sus propias patrañas y también sabe que los trabajos del CIS son completamente ineficaces como instrumento de análisis. De hecho para orientarse encarga otros a empresas fiables.

Pero ante malas perspectivas electorales confía en que la adulteración tendenciosa de su gurú pueda provocar alguna clase de efecto de arrastre. Y el médium de confianza cumple la encomienda, sesga las preguntas, induce las respuestas, amaña las conclusiones y ofrece a su señor en bandeja una estimación sobredimensionada, a medida, del voto de la izquierda.

Una argucia zafia y desgastada, herrumbrosa, que por lo general ya no cuela. Pero cuando la costumbre de mentir se vuelve endémica es menester contar con cómplices sin la suficiente vergüenza para negarse a comprometer los últimos trazos de honorabilidad de una carrera.

Ignacio Camacho ( BC )