EL MES DE ABRIL DE LOS NIÑOS

La gente de mi generación,  nosotros cuando fuimos niños,  nunca estuvimos confinados,  entre otras razones porque nuestros padres estaban deseando que saliésemos a la calle a desfogarnos.  Regresábamos  a nuestras casas, cuando caiga el sol,  aliviados y sucios de habernos revolcado por el suelo o la tierra del campo, y convertíamos el agua caliente del baño en un barrizal.

Vivíamos más tiempo en el colegio o en la calle que en nuestras propias casas,  y los que como yo pasamos nuestra infancia en Marruecos, teníamos amigos moros y judíos, que a veces eran nuestros cómplices y  muchas otras nuestros rivales  cuando convertíamos  cualquier símbolo, aunque fuera fálico, en un motivo para exhibir nuestra capacidad de trabajar en equipo frene a su individualismo  y les decíamos:  “Picha moruna siempre mea una, picha española nunca mea sola”.

Evidentemente nadie que sea de la generación  que nació en  democracia entenderá esta fotografía de unos años en los que lo único que necesitábamos era la calle para ser felices, porque al no existir Internet ni lo que hoy se llaman nuevas tecnologías, aprendimos a ser creativos y a inventarnos un mundo que aún no había llegado: el contacto con los amigos  nos daba oxígeno, la imaginación era nuestra arma de supervivencia, y la calle nuestro escenario.

En aquellos años la única pandemia que conocimos fue  la ausencia de demasiadas cosas superfluas  que compensábamos con un horizonte infinito de posibilidades y  cuanto más inalcanzables  creíamos que eran más ilusión nos hacía asumir el riesgo de perseguirlas.

Pero no estoy haciendo un canto a la nostalgia, porque a mí los que me interesan son los niños de hoy, mis nietos, que han estado viviendo una  infancia distinta y tal vez mejor, pero se han enfrentado sin esperarlo a un escenario que conocían y lo están haciendo de forma ejemplar.

 Cuando salgan a la calle en estos próximos días no tendrán más instrumentos de entretenimiento a su alcance que su imaginación, la creatividad  de los sueños que han acumulado  durante estos larguísimos días y  unas cuantas interrogantes para las que ni ellos ni nosotros tenemos respuestas.

Están aprendiendo a madurar solos, aunque intuyo que también habrá algunos que  necesitaran ayuda, porque de golpe se han quedado sin la pelea por un balón con un compañero de clase, el  contacto de un amigo o una amiga,  el deporte en equipo o el abrazo de sus abuelos a los que algunos ya no volverán a ver, aunque quedaran en su memoria.

Los niños necesitan salir, con todas las precauciones sanitarias que se precisen, pero tienen que  regresar  a la calle  para que nadie les robe el mes de abril que está a punto de acabarse.

Diego Armario