EL MIEDO A LA LIBERTAD

Hace treinta años que el comunismo, sepultado entre los cascotes del muro de Berlín, perdió la Guerra Fría. No fue el final de la Historia, como pronosticó Fukuyama; sí el de un orden surgido de la mayor matanza de todos los tiempos y el punto de partida del mundo posmoderno.

Hubo gigantes que empujaron, como Reagan y aquel Papa santo que Dios tenga en el cielo, pero se desplomó prácticamente solo, carcomido por dentro. Ocurrió sin apenas sangre porque los soviéticos entendieron, casi con alivio, que la resistencia violenta no impediría el hundimiento; los pocos muertos que se cobró el proceso cayeron por los nervios de unos guardias atenazados por el desconcierto.

Un lustro antes, cuando la crisis de los misiles vaticinaba un apocalipsis de destrucción mutua, nadie habría soñado que el imperio del socialismo real se desmoronaría con tan escaso estrépito, con la pesada placidez terminal con que los elefantes viejos se derrumban en sus cementerios.

Por eso sorprende que esa ideología fracasada, cuyos últimos adeptos como Cuba o Venezuela se enfrentan a la desesperación de multitudes hambrientas, siga gozando de tanto prestigio en la opinión pública europea. Un adulterado progresismo de vía estrecha busca mantras frescos con los que fabricar pasaportes falsos que le aseguren la supervivencia bajo una identidad fraudulenta.

Filósofos tardomarxistas como Piketty se esfuerzan en la reconstrucción teórica de ese caduco sistema tratando de reinventar premisas dialécticas que doten de cohesión al debilitado pensamiento de izquierdas, y las divulgan con éxito propagandístico mientras el liberalismo desiste de la batalla de las ideas.

El credo derrotado enarbola como propias las causas del feminismo o de la ecología para camuflar sus raídas banderas y disimular su desgaste bajo una retórica de seductora apariencia, un molde populista capaz de convertir el igualitarismo en el nuevo nombre del reparto de la pobreza.

Sucede que, tres décadas después, el orden capitalista y liberal se ha dormido sobre su triunfo, ha dejado aflorar sus peores vicios -en la gran recesión de 2008- sin corregirlos y además ha entregado la hegemonía del lenguaje a sus enemigos, que ahora surgen también desde su propio seno con proclamas antiglobalistas y señuelos emotivos que explotan el instinto natural de conservación y el desasosiego ante lo desconocido.

De nuevo el miedo a la libertad constituye la principal amenaza de la sociedad abierta y de la razón cívica y democrática. La victoria de 1989 ha sido en buena parte malversada; el sueño de una ciudadanía autónoma, intelectualmente emancipada, está en riesgo bajo la presión simultánea de unos extremismos expertos en la agitación de masas y en la generación de ficticios estados de alarma. Embaucadores y camelistas ofreciendo su averiada quincalla.

Sólo la libertad nos hace libres: recuérdalo mañana.

Ignacio Camacho ( ABC )