A veces me da la impresión de que en España no aprendemos de nuestros errores y de que nos equivocamos al elegir nuestros modelos referenciales. La raíz del problema tiene que ver con una crisis de valores y con nuestra cultura. ¿Cómo es posible que sea tan difícil aceptar la diversidad en un país enriquecido por el rastro de las culturas celtas, íberas, tartésicas, musulmanas, cristianas o católicas?

¿Cómo es posible que sea tan difícil el entendimiento? ¿Cómo es posible que, ante un problema global como una pandemia, prioricemos nuestros posicionamientos ideológicos antes de unirnos para enfrentarnos a un mal común?.

Entristece pensar que no nos tomamos en serio los problemas realmente importantes. Para cambiar el rumbo necesitamos buenos líderes y figuras revolucionaras como Antonio Machado. «Un poeta revolucionario que creía en una España culta, moderna y europea y no en este país mediocre, ineficaz y víctima del desprestigio de las instituciones» (cita de un artículo de David Barreira en El Español, el 22 de febrero de 2019).

Casi un siglo después, estas palabras continúan teniendo la misma vigencia. Además parece que siga habiendo dos Españas: «la España de charanga y pandereta (…) esa España inferior que ora y bosteza» y «esa España implacable y redentora (…) de la rabia y de la idea». (El mañana efímero. 1913. Campos de Castilla).

Creo que ha habido una falta de previsión y que estamos perdiendo el tiempo, en lugar de atajar de raíz este problema de Salud Pública. Demasiadas demoras, demasiadas dudas, demasiadas medidas incoherentes. Demasiados afectados, demasiadas muertes… Escasos recursos. Somos el primer país europeo en número de diagnosticados (790.000). Tristemente.

Además, la gripe mata a más gente aun existiendo una vacuna. ¿Por qué estas medidas tan restrictivas con este COVID? ¿Porque falta una vacuna? Me da la impresión de que necesitaremos más razones para comprender las consecuencias de la nueva normalidad. Nos han privado de libertad, nos torean, nos confunden, nos dividen… Y,  mientras, nos preguntamos quién tiene la responsabilidad sin reflexionar seriamente sobre quién debería asumirla.

Tenemos un gran problema de desinformación y de falta de transparencia. Pero no es de extrañar en un mundo donde los grandes grupos de comunicación de mayor audiencia actúan en función de intereses distintos al que debería ser su propósito original: contarnos la realidad de manera objetiva ―uno de los principios básicos del periodismo―. Nos muestran una imagen distorsionada y tendemos a creerla porque creemos antes al personaje más popular que al profesional más formado.

Las cuestiones de fondo continúan siendo la falta de unión ante un problema común, la ausencia de entendimiento, la escasa voluntad de diálogo… Parece que eludamos los grandes problemas. ¿Y cuáles son esos problemas?

El historiador Manuel Tuñón de Lara ―en su estudio Medio siglo de cultura española (1885-1936)― planteaba la siguiente tesis: «¿Qué problemas? Los fundamentales del hombre en sociedad. El hombre vive en sociedad y (…) tiene que elegir, tiene que actuar

Cada elección, cada decisión, supone una suma de conocimientos, un repertorio de prácticas y un enjuiciamiento valorativo (tres aspectos entrelazados)». Pero cada uno de estos aspectos los recibimos filtrados por los medios de comunicación y por los organismos oficiales.

En una sociedad donde no se fomenta la autocrítica ni la crítica constructiva, la sobreexposición a la desinformación facilita que tildemos de conspiranoicos a quienes se desmarcan de las teorías oficiales. Aun siendo expertos en sus materias (psicólogos, epidemiólogos, comunicólogos…).

Quienes manejan la información en las altas esferas nos fidelizan, nos venden la imagen que quieren vendernos, nos mienten; los ciudadanos asentimos como borregos y aceptamos sus doctrinas. Y lo peor es que ellos saben que esa será la reacción de la mayoría.

Solo hay que leer o escuchar a los expertos: «La noticia en un periódico (…), una campaña publicitaria en el espacio público, son algunas de las manifestaciones finales que llegan al gran público con la voluntad de que creyéramos cierta “verdad”, que tengamos una opinión específica sobre cierto acontecimiento, que acudamos a ciertos lugares en nuestro tiempo libre y a otros no (…)». (Noam Chomsky, lingüista, politólogo, filósofo y activista).

Si realmente queremos ser libres entrenemos el pensamiento libre, dejemos de repetir consignas. Porque «la información es poder», y ese poder lo ejercen sobre nosotros.

Antes de la COVID 19, el mensaje era el medio. Hoy el miedo es el mensaje.

David Fernández Agredano ( El Corre de España )