Pedro Sánchez está preocupado por lo que dicen de él y, para liberarle de esa angustia, alguno de los bocachanclas que cobran por sugerirle soluciones imposibles le ha aconsejado que contrate a una empresa que detecte de forma inmediata la identidad de sus detractores.

Ante, para ganarse un buen sueldo se necesitaba inteligencia, habilidad, ideas y contactos, pero hoy si tu trabajo consiste en asesorar al gobierno basta con ser un amiguete dispuesto a evitarle preocupaciones al jefe y convencerle que, con dinero todo es posible, y por eso en Moncloa han contratado los servicios de una empresa que le informa al Presidente quién, dónde y cómo ha hablado bien o mal de él.

A nadie se le ha ocurrido qué es lo que deberían hacer para que la opinión pública mayoritaria le fuese favorable, porque para conseguirlo sería necesario que Pedro Sánchez fuese honesto, no mintiese, cumpliese sus promesas y sintiese algo de respeto por las reglas de convivencia política, pero es imposible porque todos esos compromisos van en contra de sus reglas de supervivencia.

En mitad de la crisis económica hoy mismo ha dicho que bajar impuestos en un momento en el que gran parte de la sociedad tiene problemas para llegar a fin de mes, no es un programa de gobierno, y reducir gastos de su macro gobierno resulta impensable.

Sinceramente creo que no es muy listo, porque solo habría que hacerle la prueba del carbono 14  para constatar que en España puede llegar a presidir el gobierno de la nación  alguien que en el ámbito de la empresa privada no habría  pasado de jefe de negociado, sin derecho a la asistencia de un auxiliar.

España se ha convertirse en un país de oportunidades para personas profesionalmente desahuciadas porque en ningún otro habría llegado a ministra alguien con tan nula preparación como Irene Montero o a Presidente un fracasado como Pedro Sánchez que renació de sus cenizas para convertirse en un César que   declara secreto oficial los gastos y las identidades de las personas que le acompañan en sus viajes cada vez que utiliza bienes públicos e invita a su cuchipandi de amigos a disfrutar gratis de vacaciones en instalaciones del Estado.

A sus acciones públicas y algunas privadas civiles y bajo sospecha de irregularidad, le acompañan la complicidad o el silencio de quienes deberían velar porque el Jefe de Gobierno no incumplirse normas legales ni abusase del poder, sin someterse a los controles establecidos, pero a él le da lo mismo: no se siente aludido  por la fórmula de los juramentos oficiales que dice “… y si no lo hicieres, que Dios os lo demande”.

Diego Armario