Uno de los mayores males que padece España es el renacimiento de las taifas o cantones. Ahora lo llaman estado de las autonomías. Una nefasta conversión de lo que hubiera sido una aconsejable descentralización administrativa en un conjunto de “reinos” donde cabecillas, la mayoría de las veces mediocres, juegan a ser virreyes. Un sistema que es sencillamente una de las causas de la ruina económica de España y de la generación de odios entre hermanos.

Muchos son los culpables de la situación a la que hemos llegado y no le veo fácil remedio a este desaguisado. Una de las principales causas del porqué hemos llegado a donde estamos es el aldeanismo de los dirigentes autonómicos. Un aldeanismo que se cura como dice el titulo de estas líneas simplemente saliendo de la aldea.

En apoyo de esta idea me viene a la memoria lo que paso a relatar a propósito de un familiar que ocupara cargos relevantes en la Generalitat de Cataluña durante la época de la guerra. Se llamaba Estanislao Ruiz Ponsetí. Le conocí por la sencilla razón de ser hermano de mi bisabuela.

Ocurrió allá por los años 60 del siglo pasado con motivo de una visita que realizó a España en aquellos ya lejanos días. Tanto mi bisabuela como mi abuela eran viudas de militares afectos al denominado bando nacional y por eso causó gran revuelo en la familia la visita de aquel familiar cercano que vivía en Méjico, desde que acabó la guerra, donde estaba exiliado por sus ideas políticas y su participación activa en la misma con importantes cargos políticos en la Generalitat de Cataluña.

Dicen que el nacionalismo se cura viajando y tengo la impresión de que mi tío bisabuelo participó ampliamente de ese remedio, pues desde la atalaya del Nuevo Mundo percibió la grandeza de la cultura de la gran España de la que, al final de su vida, se enorgullecía como español que era, gracias a ser catalán, aunque de origen menorquín.

Asistimos hoy atónitos, a un «dejá vu», a una repetición de la vieja historia. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y tal parece que en esa tesitura nos encontramos otra vez. Si hoy he traído, siquiera someramente, la figura de mi tío bisabuelo es para que, desde su vivencia personal, desde su tragedia, alguien extraiga alguna lección que haga reaccionar a una sociedad catalana abocada al desastre.

Una población ciega al presente y al futuro por el camino que quiere emprender. Un devenir agravado porque hoy en su seno -al contrario que antaño- alberga a una ingente multitud, catalanes de segunda generación -muchos emigrados desde otras provincias a esta preciosa tierra española-.

Un gentío utilizado como cabeza de ariete del independentismo y que se ha llevado por delante, si es que alguna vez existió, ese tan cacareado «seny» catalán.

Cataluña ha caído en las redes de cuatro iluminados y al menos el 50% de su población está abducida por las ideas que estos siniestros personajes les han imbuido.

Es evidente que se han instalado en la cultura colectiva y cerca están de conseguir que los que intentamos mantener la racionalidad acabemos igual que ellos. Termino con cuatro citas, referentes a los nacionalismos, que no por antiguas han perdido actualidad, más bien lo contrario:

“El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste ahí” (George Bernard Shaw), “El nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia” (Miguel de Unamuno), “El nacionalismo se cura viajando” (Pío Baroja), “El nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto” (Camilo José Cela).

De los siete pecados capitales, siempre ha habido uno -el de la soberbia- que me ha parecido el peor, además del más inútil y estúpido; que se lo digan a Lucifer. ¿Por qué será que no puedo evitar relacionar semejante insensatez con los nacionalismos?

Sí, estoy con Pio Baroja cuando afirmó que el nacionalismo se cura viajando como reza el titulo de este articulo.

No estaría por lo tanto más, que, incluso con cargo a los presupuestos, enviáramos a toda esta caterva de dirigentes nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, que tanto daño están haciendo a sus pueblos, a pasar una larguísima temporada allende nuestras fronteras; eso sí : nada de Méjico, sino a Afganistán, Corea del Norte o Mongolia.

No sé si se les curaría la paranoia pero al menos nos los quitábamos de enmedio y España podría vivir mejor sin tanto mangante y orate.

General Chicharro ( El Correo de España )