El independentismo político catalán tiene entre sus dirigentes  a personajes de un cierto nivel cultural, social, económico y educacional, pero como en todas partes cuecen habas y  se endurecen los mendrugos también cuenta entre sus filas con  Gabriel Rufián, un personaje  que intenta ocultar sus complejos  sobre actuando de la única forma que su coeficiente intelectual le permite,  y por eso habla despacio, utiliza frases cortas, hace pausas muy largas y necesita ayudarse de fotografías, pequeñas pancartas u otros objetos para explicar su pensamiento corto.

No pretendo otorgarle al de Esquerra Republicana la condición del diputado con más limitaciones para verbalizar las ideas que con velocidad reducida circulan desde su cerebro a su lengua, pero tengo la sospecha de que algún experto en la mente humana ha reparado en él, le ha hecho un diagnóstico y lo ha guardado en un cajón.

Yo en cambio no tengo inconveniente en hacer públicas mis reflexiones porque llevo tiempo intentado imaginar  las razones de su ascenso político en un partido en el que sus dirigentes no disimulan sus tics xenófobos, exigen a la élite de su formación el pedrigree de más de ocho apellidos catalanes y se vanaglorian de pertenecer a un selecto grupo, en el que no encaja  para ocupar un lugar tan destacado,  el hijo de unos trabajadores que emigraron de Jaén a Cataluña.

Imagino que  en la dirección de Esquerra Republicana alguien descubrió que en Madrid necesitaban a un follonero de usar y tirar, que hiciera el trabajo sucio, y nadie mejor que Gabriel Rufián que da el perfil más casposo y al mismo tiempo ajeno a la educación y los buenos modos de otros portavoces catalanes independentistas  que son duros en el fondo de sus intervenciones pero correctos en las formas, y además no tienen que sobre actuar ni hacer méritos ante los suyos porque ellos si han nacido en tierra santa.

Gabriel Rufián se despierta todos los días pensando en la deuda pendiente que tiene que pagar a los independentistas que le han subido hasta el altar desde el que todas las semanas  vomita algún insulto a gente mucho más digna que él, y está dispuesto a abonar su deuda con creces porque en un parlamento donde  algunos portavoces son los más mediocres del hemiciclo él se siente en su salsa, como los chonchos en su propia porquería.

Ese espectáculo semanal lo presencia impertérritos la Presidenta del Congreso y el del gobierno que se sienten reconfortados con una de  las peores compañías que podrían haber elegido, junto con los antiguos etarras a los que han convertido ahora en colegas.

 La educación no solo no está reñida con el debate político,  y no hay que olvidar que en tiempos de epidemia la peste y el olor a cerdo se expanden y salpica fundamentalmente a los que callan.

Diego Armario

viñeta de Agustín Muro