EL NIVEL DE MARIBEL

En la época del siglo de oro español ser un bachiller era el no va más,  porque por aquellos lustros que duraron más de cien años el analfabetismo  superaba con mucho a la ilustración  y los grandes escritores, poetas, músicos, pintores y arquitectos eran luminarias en un páramo de conocimiento popular que sin embargo conocía, a través del teatro, los textos que no sabían leer.

Con el tiempo y el paso de las revoluciones, las guerras, las plagas, las hambrunas y los despropósitos de quienes en cada época se fueron erigiendo en jefes de la banda, lo que siempre fue una noble aspiración de los hombres y mujeres por el saber, el conocimiento y el disfrute del espíritu – porque el disfrute carnal ya lo traían aprendido – fue generalizándose y la cultura formó parte de una mayor población.

Se trataba de saber más, de leer algo, de viajar y hacerse entender por personas que hablaban otros idiomas. En definitiva eran los nuevos tiempos de la socialización del saber y de compromiso del estado por igualar las oportunidades en el conocimiento. Pero faltaba algo y se ha conseguido: convertir la apariencia del conocimiento en un mérito que ayude a prosperar.

La pregunta es ¿En qué momento se jodió el Perú?

No es muy difícil situar una respuesta aproximada porque cuando los que viven del dinero público organizan sus propios chiringuitos académicos  para no tener que pasar por el control, generalmente más riguroso de las universidades que expenden títulos, se llega a la devaluación del saber y al desprestigio del esfuerzo.

Llevamos meses discutiendo sobre la validez de los conocimientos de quienes seguramente no saben nada de lo que presumen  haber aprendido.

Hasta hace poco el debate en la política nacional  era quién robaba más. Hoy es quién engaña mejor, y ante los casos que dejan impertérritos a quienes deberían estar avergonzados, se ha abierto la veda de “maricón el último” y están borrando a marchas forzadas de sus currículos oficiales títulos que nunca tuvieron, estudios que nunca hicieron e idiomas que nunca hablaron.

¡Con lo honesto y digno que es ser un carpintero, un conductor de autobús, un oficinista, un maestro de escuela o un licenciado en filosofía!

¿Para qué carajo quieren aparentar un conocimiento que no tienen si al final su trabajo consiste en votar lo que les diga su jefe de grupo sin posibilidad de discusión ni debate?

Pero éste es el nivel de quienes nos piden su confianza para que les entreguemos el poder de hacer lo que más les convenga a ellos, porque en tratándose de prebendas, privilegios, mamoneos y autoprotección legal, todos siempre están de acuerdo.

Diego Armario