EL » NO » DE ICETA

» ¿ Miquel, quieres ser ministro ? «. Unos días antes de que Pedro Sánchez anunciara la composición de su nuevo Gobierno ofreció al líder de los socialistas catalanes una cartera de Gobierno. Lo hizo en honor a la cuota del PSC pero también porque considera que Iceta es un hábil político cuyos pasos de baile le serían muy útiles en Madrid.

El candidato a la Generalitat le dio unas agradecidas calabazas y le propuso a cambio el nombre de su mano derecha, Salvador Illa, hoy titular de un ministerio que ha sido despiezado para dar labores al vicepresidente Pablo Iglesias y al nuevo ministro Alberto Garzón. Por no dejarle, no sé si le habrán dejado la secretaria.

A diferencia de lo que ocurría cuando Sánchez le ofreció la presidencia del Senado, a Iceta no le llena llevar una cartera diezmada y expuesta al desgaste continuo dentro de un gobierno peleado entre sí. Un mandato de como mucho cuatro años rumbo a un buen retiro, dado que cumplirá 60 este agosto, pero con el que no pondría ninguna pica en Flandes.

Analizado con cuidado, el título de ministro con este Gobierno solo puede satisfacer a quien no se detenga a medir los riesgos o conceda más importancia a alcanzar el cargo que al legado político que pueda dejar gracias a él. Iceta para bien o para mal, tiene una aspiración propia. Y no es otra que devolver al PSC la relevancia histórica que tuvo en el pasado como alternativa al soberanismo.

La caída libre de Cs se lo ha puesto en bandeja y el próximo adelantamiento de las elecciones catalanas cuadran el círculo. Todo apunta a que habrá llamada a las urnas antes del verano o, a más tardar, en otoño. Esto es, sin margen para que la marca naranja levante cabeza a nivel nacional y para que su líder en Cataluña, Lorena Roldán, deje de ser una de las políticas peor valoradas en esa autonomía. El PP, desangrado por Vox, sigue sin lograr armar una opción capaz de plantar cara al secesionismo.

Con el viento a favor, Iceta aspira a construir una alianza catalanista en la que se engloben los comunes pero también partidos como la Lliga de Catalunya, Unnits per Avançar o Lliures de cara a unas elecciones que volverán a tener, por enésima vez, el apelativo de decisivas.

No lo serán porque casi con toda seguridad volverá a salir de ellas un nuevo gobierno secesionista en el que ERC y JpC seguirán juntos con sus desconfianzas y traiciones como un matrimonio mal avenido. Pero para el PSC el cambio sí será importante si logran capitalizar la caída de Cs y reemplazarle como alternativa al independentismo. Por ello, el pasado viernes durante la reunión de la mesa de diálogo catalana, Iceta elevó la presión para que Joaquim Torra fije ya la fecha del adelanto electoral.

Es innegable que el líder del PSC ha remontado a un partido que heredó escindido y al borde de la ruina misma. Y que las próximas elecciones catalanas serán las primeras que darán fe de ese resurgimiento. Pero la cuestión importante es cómo va a ser una alternativa real un líder que ha coqueteado y se ha aliado en tantas ocasiones con el secesionismo. ¿Cómo es posible que la opción política más fuerte frente al independentismo sea un partido que aboga por indultar a los condenados por sedición o que se ha opuesto a la inhabilitación de Torra en contra de la Junta Electoral?

Si el PSC quería liderar la alternativa al rupturismo equivocó el camino hace ya mucho tiempo. Sus escoradas propuestas no le permitirán ejercer más que una pseudooposición conchabada con el independentismo. Desde luego, no le facultan para hablar como la voz de un constitucionalismo al que nunca debió dar la espalda.

Ana I.Sánchez ( ABC )