EL NO-PLAN DE CELAÁ

Cada vez que Isabel Celaá dice que tiene un plan dan ganas de echarse a temblar. Después de atreverse a tramitar la nueva ley de Educación a hurtadillas, suprimiendo la libertad de los padres de elegir el colegio de sus hijos o derivando a las escuelas ordinarias a los alumnos con necesidades especiales, la tenemos ahora proyectando la reapertura de los colegios sin mascarilla hasta los diez años.

Con esta ministra se cumple aquella máxima de Charles De Gaulle: «He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos».

Tras tres meses de pandemia, la ministra de Educación debería tener diseñado y consensuado un plan ante cada escenario sanitario que pueda darse en septiembre y a lo largo del curso. Sin embargo, la semana pasada se limitó a presentar un mero esbozo de cómo debe ser la vuelta general a las aulas.

Un no-plan diseñado sobre postulados tan poco serios como -agárrense- «pensemos que no habrá rebrote», «parece que los niños ya no contagian tanto» o «no creo que vayamos a terminar el curso en esta situación».

Encabezamientos sin soporte científico muy parecidos a los que hizo el Gobierno antes del 8-M: «Pensamos que se pueden celebrar las marchas», «parece que en España no se dará la misma situación que en Italia» o «no creemos que tendremos más de unos cuantos aislados». Pone la piel de gallina recordarlo.

Como Celaá ha dedicado los últimos meses a promover una nueva ley educativa por la puerta de atrás en lugar de centrarse en el desafío urgente que tiene hoy la educación, su propuesta no solo llega tarde y sin consenso, sino que está llena de inconcreciones, carece de aval científico y deja en manos de los directores de los colegios -que no son expertos en pandemias- buena parte de las actuaciones.

Por si fuera poco, renuncia a la capacidad de los niños para responsabilizarse de sí mismos. No es fácil que los chiquillos de 6 a 9 años lleven mascarilla, pero de ahí a considerar que no se les puede educar en salud para que aprendan a portarla hay un trecho.

La Asociación Española de Pediatría no solo pide que la vuelta a los colegios incluya mascarillas a esa edad en los periodos de mayor riesgo, sino también distanciamiento social.

Y es que carece de sentido que los críos tengan que protegerse en la calle pero no en la escuela donde se cumplen las tres malditas «C» que abonan el coronavirus: local cerrado, cercanía interpersonal y concurrencia.

Otra de las medidas estrella de la ministra de Educación es usar los patios para dar las clases. Argumenta que los países nórdicos lo están haciendo con un clima más severo que España. Parece olvidar Celaá que el verano llega para toda Europa y que las temperaturas que hoy tienen nuestros socios no tienen nada de frías.

Las máximas rondan los veintitantos grados y las mínimas apenas bajan de diez. Sin embargo, nuestros colegios abrirán sus puertas casi en otoño y caminarán hacia el invierno. No es realista pensar que los patios puedan ser parte de la solución.

La vuelta a los colegios no solo es necesaria sino que es el gran reto, la madre del cordero de la «nueva normalidad».

Y precisamente por ello es urgente encontrar una solución seria y solvente, que permita seguir conquistando cuotas de normalidad con seguridad, sin condenarnos a volver hacia atrás.

En ningún caso es admisible un plan trazado deprisa y corriendo, que no recoge las advertencias de los pediatras y que se basa en las percepciones de una ministra que yerra cada vez que habla.

Ana I. Sánchez ( ABC )