EL NUEVO CAUDILLO

Cada vez que  me recreo en Pedro Sánchez como un personaje insano para la democracia siento una cierta preocupación por el efecto de desagrado que pueden producir mis palabras en algunos de mis lectores que son simpatizantes del partido socialista.

Yo les comprendo entre otras razones porque conozco personalmente a algunos que, con educación pero con tristeza, comentan mis palabras  y dejan traslucir la incomodidad que les provocan, y les animaría a que buscasen entre mis reflexiones alguna descalificación global del partido socialista que surgió de Suresnes,  porque difícilmente la encontrarán.

Tanto una parte de mi currículo personal como de mi bibliografía  han estado vinculados  durante años a la historia en democracia del Psoe hasta que, como cualquier ciudadano que no debe obediencia ni pleitesía a ninguna persona u organización, decidí desmarcarme de un comportamiento grupal  que consideré que me restaba libertad a mis palabras  y dignidad a mi comportamiento.

Por lo tanto, aunque a estas alturas no me preocupa cualquier opinión en contra,  comento esta circunstancia porque me viene a mano para la reflexión que estoy haciendo.

Pedro Sánchez, tras ganar en buena lid las elecciones que le condujeron a ser Secretario General del Psoe después de haber sido removido de su cargo, ha desactivado todos los mecanismos estatutarios de control que existían, y domina de facto el partido socialista sin posibilidad de que exista ninguna fiscalización ni oposición alguna a su gestión.

Aunque no tiene madera para serlo se ha convertido en un caudillo, que en una de sus acepciones que recoge el diccionario de la RAE, significa dictador político.

Si se aceptan desde un punto de vista intelectual estas premisas, Sánchez ha desnaturalizado a su partido, ha traicionado la tradición y la historia de un Psoe que acreditó con su renovación su sentido de Estado, y lo ha convertido en una maquinaria inservible para cualquier acción política que no implique como único objetivo su apuntalamiento como Presidente del gobierno de España.

Tan esa así que hoy los seguidores de Sánchez no sienten ningún pudor ni les da vergüenza llamar fachas a los antiguos dirigentes de su partido como Nicolás Redondo, Joaquín Leguina, Rodríguez Ibarra, Alfonso Guerra, Francisco Vázquez. José Luis Corcuera, e incluso Felipe González.

Todos ellos tienen posiblemente más de una culpa o vergüenza que ocultar, como ocurre entre los dirigentes del PP o de cualquier otro partido político, pero recuerdo perfectamente la oposición interna que Felipe Gonzalez tenía en el partido, con corrientes organizadas como Izquierda Socialista,   y cómo salía a la prensa el debate de las diferencias que se dirimían con una votación, y no como ahora que disentir es un riesgo.

En un momento  complicado para nuestras libertades ciudadanas y de ruptura del consenso constitucional,  en un parlamento en el que de los 350 diputados  121 declaran que están en contra de la Constitución,  no es un asunto menor que un personaje incapaz de sostener su palabra durante más de 24 horas sea el caudillo de un partido tan importante como es el Psoe.

Fíjense si hoy me he puesto serio que en vez de jugar con el lenguaje, con la ironía, el sarcasmo  y hasta con el estrambote, que son licencias literarias que nos regala el idioma para hacer más atractivo el mensaje que dejamos caer, he escrito estas palabras  como si ni fuese el día de los inocentes.

Pero a mí, de la misma forma que la mula siempre va al trigo y el follador al prostíbulo , me da por ser recurrente en mis análisis políticos y derrapar contra el muro de Pedro Sánchez porque se ha convertido por sí solo en un personaje insano.

Diego Armario