EL ODIO EXTENDIDO

Un cuarto de siglo antes de que apareciera El origen de las especies, Charles Darwin estudió las emociones en los animales y en el hombre. Casi todas son compartidas por la mayoría de las especies, pero las más rara, la que es difícil de encontrar en un primate, en un felino o en un ave, es el odio.

El odio es un paso cualitativo de la repulsa, la manía y la ira, porque no se limita a disgustarse por la presencia del otro, sino que impele a que la solución sea destruirlo. Un ataque de cólera puede desvanecerse, y si la víctima no está al alcance del colérico se encontrará a salvo, pero el odio persigue la aniquilación, y eso

 no se calma, no se diluye y -peor aún- no muestra signos externos de desequilibrio. El odiador puede ser una persona de apariencia normal antes de soltar un tiro en la cabeza del odiado. Y el odiado puede ser un individuo o una raza, un colectivo o un grupo religioso, es decir, el objetivo se fijará sobre una persona o sobre millones de personas.

El odio alcanza la categoría de pandemia, cuando los agitadores inteligentes -malvadamente inteligentes- logran desviar la culpabilidad de los fracasos personales, de las frustraciones o de una difícil situación económica hacia un determinado objetivo.

Hitler supo rentabilizar el descontento económico y social de Alemania en 1932, como lo hicieron los yihadistas entre los musulmanes a finales del siglo XX, o como los nacionalismos han manipulado siempre, porque el odiador es a la vez víctima y verdugo, supremacista, pero sometido a sufrimiento por culpa de los que considera inferiores y más torpes. Me imagino que les suena.

El odio en una sociedad, como el cáncer en un cuerpo humano, no avisa mientras se está desarrollando. Puede que un poco de fatiga, quién sabe si pérdida de apetito, delgadez acusada… y cuando viene el diagnóstico es probable que haya comenzado la metástasis.

La matanza de Hanau no es una anécdota, como no lo fueron las primeras acciones terroristas del yihadismo. Vienen a ser el síntoma cancerígeno de una sociedad insatisfecha y desnortada, que no encuentra explicación a sus frustraciones. Y, entonces, los populismos, los nacionalismos, los chamarileros del voto y los racistas disfrazados se ofrecen como salvadores hablando de grandes conspiraciones mundiales, y señalando quienes deben ser odiados.

Y como la mayoría somos acomodaticios, y creemos que los virus peligrosos son el coronavirus o lo que digan los médicos, los sociólogos se quedan solos predicando, mientras el odio se extiende y, cuando nos enteremos de que iba en serio, será demasiado tarde, porque el odio se habrá convertido en pandemia. Siempre ha sucedido así. Siempre los avisos fueron calificados de alarmistas.

Luis del Val ( ABC )