EL OFENDIDO

Si mañana un despistado turista lituano me preguntase qué carajo está ocurriendo aquí, le soltaría lo que sigue. España recuperó la democracia a finales de los setenta; tras una República fallida, donde naufragaron la ley y el orden público, una guerra civil atroz y cainita y una dictadura de 40 años, muy férrea y dura al principio y más aperturista en su ocaso.

En 1978, con la guía habilidosa del Rey Juan Carlos, Suárez y Fernández-Miranda, se sacó adelante una excelente Constitución, inspirada en la de Alemania, que instauró las libertades. Además se alcanzó un gran pacto tácito de perdón para arrumbar los odios de la guerra. Con sus altibajos, funcionó durante cuarenta años. Hubo un enorme progreso y el país mantuvo la estabilidad, incluso cuando el terrorismo separatista dejaba una riada de sangre. Pero en 2008 irrumpe la mayor crisis desde 1929, que zarandea a Occidente.

El paro se dispara, los sueldos caen, las familias lo pasan fatal y los jóvenes emigran. El enojo social es enorme, un fermento ideal para el populismo. En algunos lugares ese malestar lo aprovecha la demagogia nacionalista (Brexit, Cataluña). En otros, el derechismo antieuropeo (Le Pen, Liga Norte). En España la resaca de la recesión auspicia la refundación del viejo comunismo, con un invento televisivo llamado Podemos, financiado con turbias muletas extranjeras.

El partido populista-comunista está lejos de ganar las elecciones. Pero la accidental llegada al poder de un presidente socialista muy débil, que gobierna de prestado y sin haber ganado los comicios, confiere un inédito poder a los comunistas. Y tienen un plan, que su jefe, un profesor menor y teatral que vive como un gran burgués, va contando por doquier.

Consiste en liquidar el modelo institucional de la democracia española, abrir un proceso constituyente, derribar la Monarquía y refundar el país como República. En realidad ya no sería la España que conocemos, sino una laxa confederación de naciones de facto independientes.

El líder comunista acepta procesos de autodeterminación en las regiones, por lo que su plan encaja con el de los separatistas catalanes -¿y vascos?-, que solo con una crisis inmensa podrán hacer viable su meta independentista.

¿Y qué opina el presidente socialista? ¿Qué elige? ¿Se apoya en los partidos constitucionalistas que defienden la unidad de España y el orden institucional? ¿U opta por los que quieren destruir la nación y su democracia? Pues ese presidente, un tal Sánchez, prefiere apoyarse en los separatistas y en los comunistas que buscan derogar la Constitución y derribar al Rey.

No, por supuesto. Por eso Casado ha dado en la diana. Para alivio y aplauso de millones de españoles a los que no permiten elegir en las urnas a su presidente.

Luis Ventoso