EL OFICIO DEL SILENCIO

Si hay una expresión que contenga y resuma en el menor número de palabras la actitud, tan humana, tan improductiva, de la obcecación es la de aquel célebre «no es no» con que Pedro Sánchez comenzó a anunciar su manual de resistencia y enroque.

El presidente del Gobierno le dio ayer una vuelta sintáctica a su modelo de negocio y diálogo al estirar con generosidad la construcción que le dio fama y problemas. «Creo que fui muy claro en la declaración de hace unos días», dijo Sánchez para negar cualquier manifestación de apoyo y auxilio público a la Corona, la única institución que todavía es capaz de aportar la serenidad que él se empeña en sustraer y, más aún, en canjear de forma consciente por inquietud y perturbación. No es no.

Nada tiene que añadir Pedro Sánchez a lo que dijo sobre el Rey y a lo que se calló, que por traición, cálculo o cobardía fue todavía peor. Después de pasar tres meses hablando consigo mismo en la tele y dándole vueltas al vacío de su propia palabrería, el presidente del Gobierno no tiene nada que aportar a lo que confesó, poco y malo, y a lo que se guardó sobre Felipe VI. «Creo que fui muy claro, y ahí lo dejo».

Lo de «ahí lo dejo» es de premio y va para bingo. No estamos ante un caso extremo de discreción institucional, sino de contumacia en el desprecio y el abandono de una figura cuya indefensión, lejos de provocar una reacción solidaria, insiste Sánchez en subrayar y multiplicar con su silencio.

En versión original o corregida y aumentada, la fórmula del «no es no» la aplica el presidente del Gobierno para dar la espalda y seguir a lo suyo, cogiendo distancia social, de camino hacia su nuevo Estado compuesto. Que casi nadie y casi todo se quede atrás.

Como un intensivista en el pico de la pandemia y en el fango de los protocolos sanitarios de selección natural o artificial, Sánchez, que para eso es doctor, exhibe su soberbia y suficiencia al elegir e identificar a quienes sitúa bajo su escudo social.

El Rey se queda fuera. Nada más que añadir. Ahí lo dejo. No es no. Felipe VI se las arregla solo y según su propio manual de resistencia, como otro español desamparado por la pandemia y sus ramificaciones, con la experiencia como único aval.

De la mano de la Reina pone en escena su humildad, ayer con un grupo de vecinos de Vinuesa, elegidos por sorteo.

Hablar de esto y lo otro con la gente, a la sombra de un árbol, quizá sea su mejor arma ante tanta arrogancia, tanta distancia y tanto silencio.

Jesús Lillo ( ABC )