EL OTRO GIBRALTAR

La Coruña ofrece la curiosidad de un Cementerio Moro y un Cementerio Inglés muy próximos, ambos con soberbias vistas sobre el Atlántico. El Cementerio Moro -al que la corrección política retirará un día su nombre-, data de los años treinta. Lo creó un general caritativo para reposo de soldados marroquíes que habían combatido con Franco. Con el tiempo cayó en el olvido.

Hace unos años, el Ayuntamiento le dio una mano de pintura y lo rebautizó como «La Casa de las Palabras», horterada que nunca ha cuajado. Se supone que allá bajo tierra siguen los anónimos soldados musulmanes, bien sigilosos, no vaya a ser que el intrépido Sánchez los detecte y los exhume raudo por fachas.

El Cementerio Inglés podría darse de bruces con el Brexit. «Es nuestro Gibraltar. ¡Que se prepare May!», se cachondeaba anteayer un amigo en la euforia de unos vinos. No le falta razón. En puridad la parcela es territorio británico, aunque esté ubicada en el monumental Cementerio Municipal de San Amaro. A mediados del XIX atracó en La Coruña el buque de guerra inglés «Endymion» con un cadáver a bordo.

Lo llevaron a San Amaro, pero los «herejes protestantes» no podían ser enterrados en suelo sacro, así que dieron sepultura al marino en una parcela a 40 varas de distancia. En 1867, el cónsul inglés Guillermo Congreve Cutliffe compró el terreno para dignificarlo. Levantó un alto muro y plantó un portón monumental, con pilastras de granito y una placa de mármol donde grabó dos palabras: «British Cementery».

Realmente el cónsul fue previsor: él mismo se convirtió enseguida en el primer inquilino oficial del flamante recinto. Desde entonces hasta 1982, en que llegó el último abonado, se han juntado allí medio centenar de almas: ingleses afincados en La Coruña, marineros británicos, turistas… Los británicos también aceptaron a un par de suizos y a un cónsul alemán. Pero lo que no permitían, ni permiten, es que los coruñeses fisguen en su cementerio. Solo se puede acceder al micro Gibraltar si el cónsul te presta su llave.

Tanto secretismo alimentó la imaginación popular: ¿Qué habría tras los muros? El enigma expiró de manera prosaica, con la construcción de un cercano ambulatorio, desde cuyas alturas los pacientes contemplan el gran secreto: un prado verde, de perfecto césped inglés -of course-, una cuantas lápidas y un laurel que aporta una leve sombra en el efímero estío coruñés.

En el San Amaro católico duermen muchos ilustres, como una hermana de Picasso, que murió de niña en la ciudad, o los poetas Pondal y Curros Enríquez. También descansa allí el mejor de los cronistas parlamentarios, Wenceslao Fernández Flores, que impartió su magisterio irónico en estas páginas.

El cementerio está tan cerca del océano que el maestro lo describió con su retranca coruñesa: «Aquí más que enterrarte te arrojan por la borda». Una de mis tías, previsora también, me ha regalado un nicho en San Amaro (y no es poco obsequio, porque cuestan un pico). Espero inaugurarlo tarde, y cuando toque, bromear con Wenceslao sobre el cementerio extraterritorial de los ingleses y sobre su Brexit, tal vez otra forma de enterramiento.

Luis Ventura ( ABC )