Mientras nuestros ancianos se enfrentan a un enemigo hostil y despiadado entregando sus vidas en tan desigual combate, hordas de bárbaros brindan hasta la madrugada ajenos al duelo. Mientras nuestros sanitarios defienden las vidas de aquellos que se debaten entre la vida y la muerte, gentíos de toda edad y condición se entregan a la burla de las medidas de seguridad necesarias para preservar la salud pública.

Frente a aquellos que guardan su turno en las colas del paro y las innumerables filas del hambre, la insolidaridad toma carta de naturaleza en el vivir en el descontrol y la diversión.

Para completar el cuadro aparecen los negacionistas que, desde una estupidez galopante y culpable, niegan la verdad señalada en los tanatorios, residencias y hospitales. A todos ellos, sin excusa posible, les llevaría a prestar servicios sociales de apoyo en los campos de batalla apuntados.

La “nueva normalidad” triunfalmente declarada por nuestro ínclito presidente, es una “nueva anormalidad” de la peor especie. ¿Cómo se pueden loar los errores y las fealdades certificadas? Los maestros de la sospecha, los artistas del engaño y los mediocres empoderados dirigen los destinos nacionales. Se corta en el ambiente el barrunto de un destino trágico con pena y sin gloria.

La hecatombe que se avecina a partir de septiembre es histórica y espero que irrepetible. Un largo invierno se cierne sobre nosotros sin remisión, ni solución, a la luz de los hechos contrastados, los augurios presagiados y los cálculos realizados.

La esperanza y la ilusión es lo único que nos queda en el solar hispano; el sacrificio y el trabajo esforzado el medio para afrontar nuestro destino; el ahorro, la continencia y el autocontrol, la receta para la subsistencia. No quiero vivir en este país del nunca jamás, aspiro a disfrutar de un mundo que, con una causa común compartida, llamada España,  encuentre el camino de la redención y la recuperación.

No espero nada absolutamente de este gobierno holgazán e incapaz, convertido en  una de las peores plagas que jamás hayamos sufrido. Su actitud demagógica y  de evidente impotencia, después de unas vacaciones en tiempos de pandemia –auténtica guerra no declarada-, practica la política de echar balones fuera y lavarse las manos.

Son auténticos recortadores, en términos taurinos, artistas del quiebro ante el toro de nuestro drama. Tienen cintura a la hora del engaño en la cita del morlaco y plasticidad en la interpretación de todo tipo de lances y suertes.

Desde la grada política de sus aficionados, el aplauso está garantizado y el elogio tributado por los críticos de la fiesta que, con el micrófono y el teclado en la mano, relatan la crónica de la faena con desmedida generosidad, algunos comentarios compuestos sin haberse producido el festival. Las terminales mediáticas afines funcionan con excepcional eficiencia.

Sí Señores, espero que España deje de ser ese país del nunca jamás que hoy sufrimos bajo el mando y el embrujo de tanto pirata y mercader de  la verdad y la dignidad.

José María Nieto Vigil (El Correo de España )

viñeta de Linda Galmor