EL PARADIGMA PERVERSO

Para cualquier investigador experto, el debate sobre los plagios de nuestros dirigentes públicos constituye una anomalía impropia del estándar cultural de cualquier país europeo. Lo excepcional del caso no es la transgresión de los elementales códigos éticos sino el hecho insólito de que los infractores le quiten importancia al desafuero.

Que se considere normal la reproducción sin advertencia de contenidos ajenos y se justifique el método alegando que es admisible mientras no rebase un determinado tanto por ciento.

Que se otorgue carta de naturaleza al fusilamiento masivo y sistemático de enunciados completos, que tan desaprensivo proceder escape al juicio y control de los tribunales de tesis y de los jurados de premios, y que el escándalo pase sin sanción política pese a afectar a los presidentes del Senado y del Gobierno.

Pero sobre todo, que la copia y el corta-pega de textos se hayan convertido en hábito en universidades atentas sólo a la expedición de másters y títulos diversos, al punto de sumir al sistema entero en una vergonzante burbuja de endogamia y descrédito.

Ése es el verdadero problema. Cuando el primer gobernante de la nación se doctora con una tesis espuria sin que suceda nada, toda la sociedad se siente legitimada para hacer trampa.

Cuando la picaresca y el fraude moral encuentran al máximo nivel una desenvuelta y cínica cortada, el paradigma social de excelencia y ejemplaridad sufre una perversión a gran escala.

Y cuando las élites conceden a esta clase de conductas una indulgencia interesada, la cuestión deja de ser una controversia académica o mediática para afectar de lleno a la calidad de la democracia.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor