El parásito comunista vuelve a disfrazarse de perroflauta. Como los viejos indianos que regresaban de hacer las Américas a sus aldeas natales, retorna el piojo bolchevique a Vallekas cargado de oro, que no reparte ni comparte, y de promesas electorales tan falsas como él  mismo y tan revolucionarias como su aristocrática dacha  de Galapagar.

Promesas de paraísos proletarios que transforman el rencor social en su fortuna personal amasada, no en el duro trabajo del indiano, sino en la simbiosis del zángano con la democracia de la que succiona, como el piojo y la garrapata, como la sanguijuela, la sangre de los impuestos del pueblo soberano para amasar su botín privado con la patente de corso parlamentario.

Un escaño lenguaraz, lleno de caspa y de odio y una vicepresidencia gubernamental colmada de incompetencia y de proclamas tóxicas han sido el molino y la fragua de su fortuna. De su inmensa fortuna.

Cargado de ancianos muertos en las residencias que estaban bajo su férula ministerial y que su incuria entregó a la Parca, Pablo Iglesias se pasea ahora por Vallekas para vendimiar votos para culminar su sueño húmedo de convertir la Asamblea de Madrid en el Soviet de Petrogrado, y la Puerta del Sol en la parisina Plaza de la Revolución donde la guillotina funcionaba a destajo.

Quiere a Isabel Díaz Ayuso escupiendo la cabeza en el saco, pero sólo se atreve a proclamar que la meterá en la cárcel. Si por él fuera ya habría acabado como María Antonieta, como José Calvo Sotelo o como José Antonio Primo de Rivera,  pero la sensiblería impostada del neocomunismo sólo alcanza a glorificar a ETA, pero no a darle el paseo (de momento, todo se andará) a los adversarios y enemigos de los revolucionarios asalariados de la Monarquía Parlamentaria y del Capitalismo.

Vuelve a su cortijo de Vallekas tal y como el señorito de Los Santos Inocentes retornaba a sus predios de Extremadura.

Con sus mismas maneras, idéntica soberbia y calcada estúpida suficiencia, Pablo Iglesias cree que los trabajadores de Vallekas son de su propiedad tal y como el señorito de los Santos Inocentes consideraba esclavos de sus caprichos a los campesinos de su latifundio.

En Vallekas no hay encinas para colgar cabrones de sus ramas, pero sí hay muchos trabajadores encabronados a los que el señorito de Galapagar ha tratado como a la Milana bonita de los Santos Inocentes. La Justicia Poética es la que establece la venganza como única forma de perdón.

Te está esperando en las urnas el perdón de los Santos Inocentes de Vallekas y demás latifundios proletarios madrileños.

Ya lo verás, Pablo, te van a perdonar a urnas llenas.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )