EL PARTIDO BANDERA

La larga imbatibilidad del PSOE andaluz no se puede entender sin la existencia de un intenso miedo social al desamparo. Hay muchos otros factores combinados, entre los que destaca la desconfianza histórica hacia una derecha con recurrentes problemas de liderazgo y asociada en el subconsciente colectivo con el caciquismo agrario.

Pero esa prolongada hegemonía, esa espesa atmósfera de resistencia al cambio, sólo se explica desde un sentimiento de desabrigo que empuja a muchos ciudadanos a cobijarse bajo el manto de un poder que, siendo en gran medida responsable del atraso, se ha erigido también en su principal usufructuario. Las estadísticas negativas de renta, bienestar, corrupción o paro no preocupan tanto como el temor de perder la protección que la autonomía brinda en su regazo.

La Junta ha construido un régimen subvencional cuyo motor económico es el presupuesto. El sector público es el gran proveedor de servicios, adjudicaciones, ayudas y empleo. La sociedad civil y la iniciativa privada viven plegadas a la gran red institucional que controla y regula los recursos estratégicos, desde la agricultura a la industria, desde la universidad a las infraestructuras, desde el turismo al mercado del suelo. Y sobre todo la educación y la sanidad, los dos grandes pilares del modelo, cuyo férreo manejo es imprescindible para sobrevivir al desgaste que en los últimos tiempos registran los sondeos.

El gran éxito del socialismo en Andalucía, el que pese a su creciente fatiga de materiales le permite mantenerse en cabeza, es el de haberse convertido en una fuerza sistémica, un aparato clientelar capaz de traducir en términos de estabilidad política el fuerte arraigo de la izquierda en una comunidad con fuerte sentido de dependencia.

El gran error de UCD en el referéndum de 1980 le ha permitido erigirse en un partido-bandera, como demuestra la campaña de emocionalidad cuasi nacionalista que Susana Díaz despliega contra el sucursalismo de la derecha y contra la supuesta -a veces no tanto, por desgracia- incomprensión de «los de fuera». Con el apoyo de una maquinaria electoral de indiscutible fortaleza, ese discurso de orgullo sentimental y de apego a la tierra camufla la ineficacia de una gestión que en cualquier otro territorio constituiría una severa rémora.

Ignacio Camacho ( ABC )