Hace pocos días se celebró en Cartagena la entrega de la Bandera Española a la Fuerza de Guerra Naval Especial (FGNE) de la Infantería de Marina. Al acto asistieron, entro otras muchas autoridades, militares y civiles, la Reina de España que amadrinó la entrega, el presidente de la Región de Murcia, Fernando López Miras y la ministra del ramo, Margarita Robles.
Hasta donde se, de toda la vida las reinas e infantas de España han lucido en fastos semejantes el traje español de color negro hasta media pierna con mantilla española y moño con peineta que es como el tiempo y la tradición ha venido guardando dicha indumentaria siglo tras siglo y año tras año. Es, por así decirlo, la máxima etiqueta protocolaria que los cánones prevén para una dama española, cualesquiera su condición.

Pues, nuestra Reina, o quien le asesora en estos menesteres, decidió romper con la tradición centenaria y presentarse al acto con un vestido blanco con bordados, todo lo contrario a la etiqueta a la que acabamos de referirnos. No veo por qué nuestra Reina, por muy Reina que sea, precisamente ella que debe ser guardiana de la tradición y poner en ello el mayor interés, se salta a la torera lo que la historia ha mantenido.

Si se nos permite, decir que tratándose de tan alta institución como es la Monarquía, los ensayos mejor hacerlo en la mesa de casa con gaseosa porque presentarse a ese acto de tan alto valor simbólico rompiendo la etiqueta de sus antecesoras alguien puede interpretarlo como un desdén hacia quienes eran los protagonistas del mismo, la Armada Española y las Fuerzas Armadas. Y no creo que sea el caso.

Si se me permite, una segunda derivada. Tampoco viene a cuento un traje sin mangas en ocasión tan solemne así como las transparencias del mismo, que como consecuencia de la radiante luz murciana del día, dejaba ver interioridades que no viniendo al caso en ninguna ocasión en figura tan egregia, mucho menos lo es en el acto al que me estoy refiriendo. Un acto, eminentemente castrense a lo último que debe parecerse es a un reportaje de cualesquiera de las revistas que salen los miércoles a los quioscos.

El patán, no podía ser otro que López Miras el presidente de la Región de Murcia que no solo se presenta al acto con un traje una o dos tallas menos, dejando al aire la orondez de su panza, con la chaqueta desabrochada y las manos en posición de cowboy desafiante mientras se interpretaba el Himno Nacional.
Este señor debe ser de la generación que ya no tuvieron el honor de servir a España con la mili y al que nadie le ha enseñado cuál es la posición de firme. Mire señor, al primer acorde debe erguir todo su cuerpo, alzar cabeza y mentón, mirada al frente perdida y brazos y manos estirados, pegados al cuerpo. Todo lo contrario a lo que usted ha hecho. Pero, no se preocupe: le acompaña en este desconocimiento la práctica totalidad de la casta política.
La ministra de Defensa, iba para la ocasión de «diana floreada» quizá por un error en la agenda de su asesor de imagen, que debió confundir la fecha y de qué iba el acto. Más parece por su indumentaria que iba a pasar un día de picnic que la asistencia a un acto castrense, que como todos los de esta institución se caracterizan por su sobriedad y elegancia. Esta señora vive rodeada de militares y nada ha aprendido y se le ha pegado de ellos. En esta ocasión ha tenido también el don de la inoportunidad y la chabacanería.

La degradación que en los usos y costumbres se ha producido en nuestra sociedad en los últimos cuarenta y seis años, consecuencia entre otras muchas razones de una educación desastrosa y sectaria, quiere también contaminar las instituciones, Fuerzas Armadas incluidas.

Empezando por la Casa Real, ésta debería cuidar un poco más los protocolos de todo tipo, indumentaria incluida, en la asistencia de sus miembros a actos institucionales y tradicionales. Cada ocasión requiere de su afán. Otrosí, para los ministerios y muy en especial en el caso de la Defensa por tratarse del mundo castrense y no digamos ya de la comunidades autónomas, donde pastan todo tipo de patanes (ah, y patanas).

José Enrique Villarino ( El Correo de España )