EL PELIGRO DE LA DISCORDIA

Al tener como socio a Podemos y sus adláteres, el presidente del Gobierno optó por alinearse con los villanos de la película del director polaco. Y lo hizo sin vergüenza alguna. E inmediatamente volvió a campar a sus anchas el nacionalismo catalán. Los otros siguen a la espera, y al desenterrar los fantasmas del pasado y estar ya todo desnortado, surgió lo que desde el propio franquismo no había vuelto a existir: la extrema derecha. Ambos extremos, sin lugar a dudas, siempre se han necesitado.

Y si bien el presidente apenas ha hecho la más mínima mención crítica a sus amigos de viaje por si pudiera molestarlos, sí ha desarrollado una buena artillería contra los recién regresados, también viejos conocidos de quienes vivimos y sufrimos, durante algunos años, la lenta agonía del franquismo. Y lo que es más odioso e indigno: achacarle este mal a los otros dos partidos constitucionalistas.

Equiparar de fascistas al PP y a Ciudadanos (cuyo líder es un catalán que viene sufriendo las amenazas e insultos desde hace años) es como decir que el PSOE es un partido estalinista. MarxLeninStalin o Mao sí que están en el mundo ideológico de Pablo Iglesias aunque nunca los cite. Iglesias dispuesto, en otros tiempos anteriores al chalet, a entregar a su país a la revolución castrista o bolivariana de resultados tan conocidos, o lo que es incluso peor, al régimen integrista iraní.

El presidente del Gobierno está al lado de uno de estos dos grandes sistemas totalitarios. De aquel partido que habiendo perdido las elecciones en Andalucía echa a la calle a su gente para manifestarse contra la democracia representativa.

Nadie puede ir contra la propia dignidad, pero se intenta. La Boètie criticaba a los gobernantes que buscaban el enfrentamiento entre sus conciudadanos para prevalecer. Sin proponérselo (al menos les doy este voto de confianza) nuestros actuales regidores están cumpliendo con aquel principio del que hacía gala Thoreau: un gobierno es un mal necesario del que sólo cabe esperar que gobierne poco.

Evidentemente, Thoreau era un ingenuo roussoniano. La moral está en la conciencia de uno mismo, mientras que la política es estar permanentemente en acción. Acciones positivas, deberían ser, no negativas.

César Antonio Molina ( El Mundo )