EL PEOR VERANO DE NUESTRAS VIDAS

Lo políticamente correcto sería echarle un cucharón de almíbar a lo que nos está pasando. Pero todos estamos pensando que el peor verano de nuestras vidas lo estamos pasando con más pena que gloria y sobre todo con miedo. El drama de los 45.000 muertos, según varias fuentes de toda solvencia obviadas por el Gobierno, junto con la más que inquietante expectativa de un futuro sin luz al final del túnel nos deja en tierra de nadie.

En cualquier playa o paseo marítimo, con la mascarilla puesta, se mira con recelo a quien en el uso y disfrute de su libertad respira a pleno pulmón sin precauciones. Nos hemos vuelto espías de nosotros mismos. Policías de balcón que buscan tras los visillos un delito flagrante contra la salud pública.

Cualquier político de tres al cuarto se atreve a amenazar con la supresión de derechos -intocables en una democracia liberal- para camuflar su negligencia. El Gobierno del binomio Sánchez-Iglesias ha cogido el bote de gel desinfectante para lavarse las manos mientras el Estado confederado de las autonomías se busca la vida para frenar por su cuenta una epidemia mundial. Nos han dejado más solos que la una. Los ciudadanos estamos esperando a que nos vuelvan a meter en casa aquellos que han preferido ocultar la realidad.

Muchos españoles, especialmente los jóvenes, han sabido de esta crisis lo que les ha entrado por los ojos de la pantalla del teléfono móvil. Ni han visto féretros ni tampoco el pandemonio de caos en las urgencias hospitalarias.

En cambio, venga aplausos de viva la gente. No es culpa del público, que tiene derecho a saber, sino de quienes han evitado la difusión de dichas imágenes salvo que fueran de Italia o Estados Unidos. Si la versión oficial dice que salimos más fuertes, se corre el riesgo de que se malinterprete.

No nos echemos las manos a las mascarillas cuando veamos fiestas, botellones o arrimones por las esquinas. Como ciudadanos asustados y preocupados, nos merecemos un Gobierno que no enmascare lo que nos pasa. Si vuelven a estar desbordados, que lo digan para que seamos conscientes.

Lo mismo ocurre con la evidente crisis económica. No hay más que darse un paseo por cualquier lugar de la costa española para darse cuenta de que cualquier verano pasado fue mejor. Sánchez no quiere que los socios europeos lo controlen.

A lo mejor por fin se cumple lo que afirmó Ortega y Europa es la solución para salir de este mal y afrontar el futuro como un país adulto, es decir, asumiendo que tenemos que vivir con lo que hay, no con lo que nos gustaría.

Juan Pablo Colmenarejo ( ABC )