EL PEQUEÑO FRANKENSTEIN

La categórica victoria de Pedro Sánchez obliga a preguntarse dónde ha quedado la alarma por la revuelta separatista de hace año y medio si muchos españoles han sentido más miedo de la foto de Colón que de la del banquillo del Supremo.

Porque el concluyente resultado es un premio al gobernante que le aceptó a Torra un relator y envió a Iglesias a negociar en la cárcel unos presupuestos, que se ha negado a descartar el indulto a los insurrectos y que ha demostrado que la integridad y la identidad nacional le importan menos que la memoria histórica, el gasto público o la resurrección simbólica de un dictador muerto. Y que ahora, salvo que Rivera lo impida a costa de un suicidio político cierto, podrá gobernar con desahogo incluso sin ERC, apoyado en el pequeño Frankestein de las minorías regionales, el PNV y Podemos.

La otra cuestión que suscita la jornada electoral es la de si los entusiastas votantes de Vox estarán contentos sabiendo que, por mucho que les cueste reconocerlo, el insuficiente resultado de la derecha se debe en buena medida a ellos. Por una parte han atomizado el voto conservador penalizando sus réditos; por otra, se han convertido en el espantajo que el adversario ha utilizado para estimular a su favor el voto del miedo. Si bajo su agitación emocional conservan alguna ecuanimidad de criterio será difícil que los diputados obtenidos les sirvan de consuelo.

Obnubilados por su fantasía redentorista han desoído las encuestas y rechazado el voto útil bajo la obnubilación de un autosuficiente optimismo. Han pasado los últimos meses retroalimentándose excitados ante el espejismo de unos mítines que creaban la realidad aumentada de un revulsivo ficticio. Y al final, el hiperventilado «vértigo de los patriotas» (Calamaro) sólo ha servido para empujar a la España liberal y conservadora al abismo.

Ha triunfado, en suma, la hábil impostura de falsa moderación de Sánchez, cuyo gurú Redondo ha sabido sacar enorme rendimiento del mercado de oportunidades. A los partidarios de Vox que no quieran sentirse culpables más les vale disfrutar del desenlace; es demasiado tarde para asumir responsabilidades.

Ignacio Camacho ( ABC )