EL PERDEDOR SEGURO

Pase lo que pase en estas elecciones de ganador final incierto, existe ya un perdedor seguro que es el espíritu de entendimiento, la posibilidad de que los españoles de diversa ideología se puedan encontrar en algunos espacios comunes de acuerdo.

Ése es la aportación que ha hecho a la política española Pedro Sánchez, la que jamás podremos perdonarle: ha consumado el intento de Zapatero de acabar con los consensos transversales. Le ha dado el auténtico finiquito a la Transición, cuyo rasgo de identidad esencial eran los compromisos de Estado, los puentes entre las dos Españas, la concordia nacional como ultima ratio.

Al escoger como aliados a la totalidad de los adversarios de la Constitución, ha trazado en torno a ella una línea divisoria que atraviesa el debate público como una trinchera y ha provocado una involución que devuelve al país al encono del enfrentamiento entre izquierdas y derechas. Ha recuperado lo peor de la herencia republicana, el error de excluir a la mitad de los ciudadanos de la convivencia democrática.

Por eso está cómodo con la irrupción de Vox, en cuya embestida bravía cree hallar una coartada postiza a su estrategia frentista. Le viene bien que surja un extremismo de bandera distinta para justificar su propia alianza con los extremistas.

Pero incluso si le sale mal el envite y el recuento de esta noche le hiela la sonrisa, habrá logrado introducir en el centro-derecha una semilla que al crecer desequilibrará la moderación y provocará un cambio de paradigma. Vox no es más que la expresión del hartazgo ante la falsa superioridad moral de una izquierda ensoberbecida, pero se trata de una respuesta visceral que en su fuerza instintiva lleva dentro el virus populista. Sin quererlo y sin saberlo forma parte del proyecto con que el presidente dirige a la nación por una senda suicida.

Lo peor del sanchismo es el achique de los territorios templados, la voladura del centro; un legado que trascenderá aunque pierda el Gobierno. Su alianza con los nacionalistas y Podemos ha escorado al PP y a Cs en un movimiento de péndulo que el partido de Abascal acentúa con un factor de competencia interno.

Muchos votantes conservadores no han entendido que el problema del marianismo no era tanto su debilidad ideológica como su falta de energía y su rutina administrativa, y buscan una salida en el discurso arriscado que promete una reacción de coraje y bizarría.

Esa tendencia otorga por un lado a Sánchez el pretexto que desea para enrocarse junto a los rupturistas, y por el otro diluye la cohesión del modelo liberal y obstaculiza su vocación de mayoría. El mal menor que pueden dejar hoy las urnas es un Gabinete tripartito con Vox como sostén decisivo; el mayor ya se ha producido y es la derrota previa del moderantismo. Pero hay ocasiones en que votar consiste sólo en el fastidio de elegir al que provoca menos estropicio.

Ignacio Camacho ( ABC )