El primer periodista de la historia conocida se llamó Filípides, un mensajero griego que corrió desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria de su ejército frente a los persas en el año 490 antes de Cristo, a donde llegó agotado después de correr 40 kilómetros y, sin entrar en más detalles, dio la noticia diciendo: (“hemos derrotado a los persas”).

En aquella época no existían los contertulios para discutir entre ellos algo que no habían visto y poder echarle la culpa a alguien, pero existían los gerontes que eran los viejos reunidos en el Consejo de ancianos para aportar alguna reflexión que les pidieran los gobernantes.

Veintiséis siglos después las cosas han cambiado y lo que cuente Filípides, como testigo de la batalla no tiene ninguna importancia porque los hechos cada vez resultan más incómodos al poder y por eso necesitan la voz vendida de gente joven y muy madura que no informan porque solo opinan al servicio de quienes les permiten continuar suplantado al corredor de la batalla de Maratón.

Algunos países que se dicen democráticos porque en ellos se hacen elecciones libres y con garantías, están siendo gobernados con modos autoritarios, desprecio a la división de poderes y eludiendo sus obligaciones de transparencia, gracias a la debilidad de la oposición y a la complicidad activa de los han decidido que en periodismo lo importante no son los hechos sino la opinión de los que nunca estuvieron en la batalla de Maratón.

Hay que reivindicar, y yo lo hago, la honestidad profesional de los reporteros de guerra que manchan sus botas del polvo de la tierra y de la sangre de los que caen; el rigor de los periodistas de investigación, que antes de publicar una información dedican tiempo y rigor a comprobar por varias fuentes fiables si es cierta.

Admiro a los periodistas especializados en distintas áreas, que se esfuerzan en ser rigurosos y honestos, porque no quieren que les confundan con los y las especializados en calentar un asiento en un programa de televisión que atufa frivolidad y desprecio a la verdad contrastada.

Vuelve a estar de actualidad la frase de Groucho Marx que decía : «Mis padres estan orgullosos de que sea pianista en un burdel. Se llevarían un disgusto  si supieran que soy periodista”.

Diego Armario