Si Sánchez ha titubeado en su proyecto de controlar al Poder Judicial como le pedía, según dijo hace unos años, un Pablo Iglesias obsesionado con someter a los tribunales bajo su férula, ha sido porque gran parte de los jueces ha decidido ofrecer resistencia y porque Casado tuvo éxito al denunciar el atropello ante las instituciones de Bruselas.

Pero al líder del PP le duran poco las alegrías y esta semana le espera una encerrona muy bien compuesta para comprometer su papel al frente de la derecha. La moción de censura de Vox está pensada para meterlo en problemas sea cual sea su respuesta.

Si vota sí renunciará en la práctica a encabezar la oposición; si se abstiene será la «derechita cobarde» y si elige el no se alineará junto al separatismo y la izquierda. La primera opción está descartada y la directiva de Génova debate las otras dos u oculta la decisión en busca del factor sorpresa. Pero si la tiene tomada es un error esconderla porque genera una sensación de miedo y de desconfianza en sus propias ideas.

El PSOE y Vox se detestan -dejemos el verbo odiar para los cainitas- tanto como se necesitan. Los socialistas cohesionan la alianza Frankenstein agitando el ficticio espantajo neofranquista y el partido de Abascal está cómodo en ese antagonismo retroalimentado que le inyecta adrenalina y agranda su verdadera dimensión política. Sánchez sabe que si logra envolver a los liberales moderados en esa pinza jamás perderá la mayoría.

La moción le viene de perlas para fabricar un adversario que achique el espacio de los populares, se crezca en el espejismo de su liderazgo y aleje de la ecuación tripartita a Ciudadanos; el resto del trabajo lo hará, cuando llegue el momento, el sistema D’Hont con su reparto de escaños.

Hay muchos votantes conservadores en auténtico estado de fobia contra este Gobierno. Abascal dice lo que quieren oír con un lenguaje combativo y directo, y las redes sociales o los grupos de whatsapp provocan un efecto de realidad aumentada sobre ese comprensible cabreo.

Pero la estrategia de división en bloques ha creado dos bandos inalterables, pétreos, en los que los votos sólo se mueven mediante vasos comunicantes internos; con el nacionalismo y Podemos de su parte, el presidente tiene asegurado el puesto. La moción lo va a demostrar aunque Vox salga de ella con un notable chute en los sondeos.

Ante esa perspectiva, en la que quedará mal parado haga lo que haga, el PP puede conformarse con la salida más segura, que es la abstención, o contestar al envite con entereza y reivindicarse a sí mismo como alternativa corriendo el riesgo de no ser entendido.

De cualquier modo a Casado le va a resultar difícil hacerse oír en medio del vocerío, así que más le valdrá fiarse de su instinto. Lo único que un dirigente no puede permitirse, además del ridículo, es la impresión de que no sabe manejar las riendas de su destino.

Ignacio Camacho