EL PRESIDENTE DE LOS MOSQUITOS

Los presidentes traen a Sanlúcar los mosquitos. Zapadores, exterminadores, guardabosques y peinadoras fumigan, espantan a los mosquitos, empujan los bichos y el polvo de casa de cazador o de espejo que tienen Doñana y sus palacios, y cruzan la desembocadura igual que un campo vietnamita. Ya vienen los mosquitos, mosquitos como con la mili hecha en África, la pequeña África de tazón que es Doñana, porque está el presidente, otro, y a todos los presidentes les gusta convertir Doñana en su cazamariposas, y hay que limpiarles la casa, dejar aquello como tras estirar sus sábanas con dunas, y nos llueven sus mosquitos y sus grillos y sus ramitas como en el incendio de la noche.

Claro que todo esto es leyenda urbana. No siempre hay mosquitos cuando llegan los presidentes, ni hay una fuerza gubernamental especial rastrillando las marismas de sus seres nocturnos. Pero quizá el pueblo quiere contar así que son ellos los que pagan al final el uso que hace el poder de la inocencia de la naturaleza y de sus gentes. Los mosquitos o su metáfora, como si nos arrojaran las barreduras vivas de los poderosos, sus uñas cortadas desde la altura del poder.

Aunque Sánchez no tiene poder, sino algo peor: la necesidad de aparentarlo. La sensación que transmite Sánchez no es de que haya tomado el poder, sino solamente toda la faena alrededor, todo ese zafarrancho de cocina y de caballeriza, el día de boda de ser presidente en el que está él siempre, mientras sus declaraciones parecen inauguraciones de juegos olímpicos y su acción de gobierno, un póster de Aquaman.

El sábado, Sánchez quiso seducir a Merkel en Sanlúcar como nosotros seducíamos en verano a las niñas de Valladolid o por ahí, con mucho mar en la mesa, en los ojos y en la boca. En el palacio de la duquesita, de la Duquesa Roja, que aun muerta sigue plegada allí en papel como un mapamundi, o sea igual que cuando estaba viva y vestida de gorrión; en ese palacio como una pastelería con cuevas de murciélagos, Sánchez y Merkel comieron por los ojos y por los encajes de las servilletas y del rebozado. Merkel le enseñó a Sánchez cómo funciona Europa, y Sánchez le arrancó un compromiso para darle dinero… a Marruecos. Cómo no van a temerle como negociador, Merkel, Torra o los vascos.

Yo llegué también el sábado a Sanlúcar, mi pueblo, y esperaba mosquitos gordos y ceremoniales como guardias de Buckingham zombis. Pero no había. Los mosquitos no consideran a Sánchez presidente.

Luis Miguel Fuentes ( El mundo )