EL PROBLEMA DE IGLESIAS ES CON EL JUEZ, NO CON LOS MEDIOS

Causa bochorno que se presente como víctima quien introdujo el matonismo en la política española.

A medida que se siente más acorralado por su responsabilidad judicial en el caso Dina, con mayor violencia arremete Pablo Iglesias contra quienes informan del escándalo a los ciudadanos. No es que Iglesias ignore el decoro institucional que le obliga como vicepresidente del Gobierno: es que está en política para subvertirlo.

No es que Iglesias haya ocultado sus intenciones rupturistas ni su admiración por regímenes ajenos a la división de poderes: si acaso la ha modulado en periodos electorales para camuflar su radicalismo entre selectivos susurros constitucionales.

No es que Iglesias cometa errores personales que impugnan por completo el ideario regenerador que predicaba: es que desde el principio ha considerado la impostura y el cinismo como instrumentos revolucionarios legítimos para alcanzar el único fin válido, que es la obtención y conservación del poder y la colonización del mayor número posible de estructuras de Estado.

Y no es que Sánchez desconociese todo esto, que ya en su día le quitaba el sueño: es que necesitaba abrazarse a Iglesias para sobrevivir a su propio fiasco electoral. Siete meses después de aquel abrazo, el insomnio se ha socializado entre todos los españoles en forma de creciente degradación democrática.

Es difícil hallar precedentes de hostigamiento a periodistas -con nombres y apellidos- como el desplegado ayer por todo un vicepresidente desde Moncloa que llama a «naturalizar el insulto». Lejos de adoptar la actitud humilde que los sórdidos hechos de su caso conocidos hasta ahora aconsejarían, y ante la vergonzosa pasividad de María Jesús Montero, Juan Carlos Campo y José Luis Ábalos -que en esto no hacen sino seguir a Sánchez-, Iglesias aprovechó la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros para redoblar su desafío a la prensa libre que cumple su papel revelando las conductas reprobables del poder.

Causa bochorno que el líder del partido que introdujo en la política española el escrache en las calles y el linchamiento en las redes, y que hoy ocupa el tercer puesto en el Ejecutivo, se presente como víctima de los medios, sin los cuales hoy no sería nadie.

El victimismo en un populista es el reverso del matonismo: por eso Iglesias se inventa una torticera distinción entre «crítica», que sería lo que hace Echenique, y «señalamiento», que sería lo que hace Vox. Nada hace Vox en ese terreno que no haya aprendido de Podemos. Y en todo caso quien ostenta el poder que ha de ser fiscalizado es él.

Pero el problema de Iglesias no lo tiene con la prensa: él solo la concibe como arma de propaganda aliada o enemiga. Su problema como imputable lo tiene con el juez al que ha intentado engañar presentándose como perjudicado con propósitos electorales.

Y lo tiene, siempre, con la libertad.

El Mundo