EL PUEBLO GUAPEAO

Desde que se dieron aquella vuelta nupcial y rural por los pueblos de España, nada más casarse, los Reyes no se han prodigado en exceso por un medio provinciano en el que, quitando al pueblo ejemplar de Asturias que cada año les toca en suerte, solo se dejan que caer en caso de catástrofe, natural o artificial.

En los pueblos les tienen bastantes ganas, exteriorizadas, como ayer en Almonte, a través de un estallido patriótico que tiene mucho de desagravio y cuya intensidad crece en función de los desprecios que la Corona ha acumulado en unos años en los que por su carácter simbólico ha sido utilizada por unos y otros.

Fue en el debate de investidura de Pedro Sánchez cuando la defensa de la Corona por parte de los únicos partidos que aún guardan la compostura constitucional provocó la respuesta y la protesta de los monárquicos de toda la vida, el PNV y Podemos, sobre la tentación y el riesgo de patrimonializar una institución de todos.

Luego salieron los de Bildu con sus vilezas y la cosa quedó clara, por si había dudas, antes de que la recién constituida asociación de amigos del Rey que apoya a Sánchez, con Echenique de secretario y Rufián de tesorero, lo hiciera presidente con sus votos y abstenciones.

En este escenario de escarnios, la reacción del constitucionalismo en apoyo a Don Felipe representa un reflejo tan condicionado como la exhibición de ayer de los almonteños: tamboriles, salve rociera, banderas a tutiplén, la Virgen endomingada, un repostero de palio de estreno, la gente en la calle y la alcaldesa, que se llama Rocío, la mar de contenta, más o menos lo que contaba y cantaba Veneno en «En el pueblo guapeao», pero en monárquico subido.

En Andalucía se las gastan así cuando se ponen, y más en su mitad oriental, pero la manifestación de ayer en Almonte tiene un componente reactivo cuya proporción crece de manera proporcional a los feos que le hacen a la Corona, y que a la postre le hacen a todos esos vecinos que se agarran a la bandera nacional como a un clavo ardiendo para vitorear a los Reyes hasta quedarse roncos, como cuando sacan a la Virgen por la aldea.

Son ellos, tan lejos de todo, del Congreso de los Diputados o del Ayuntamiento de Vich, las víctimas de una persecución que ha cogido al Rey en su sitio, que es justo en medio.

Jesús Lillo ( ABC )