EL PURO DE ABASCAL

Santiago Abascal no fuma. El recio aizkolari que yo conocí cuando VOX no era ni un embrión, no fumaba. Después, tampoco. Al menos durante aquel tiempo germinal de VOX en el que compartí con él micrófono, tertulia y charla de Redacción.

Compartíamos más cosas, pero no tabaco. No guardo ni un solo recuerdo de Abascal echando humo. Humo de tabaco, claro; porque el humo de otras combustiones, de otros incendios y de las hogueras en las que España arde sí que lo echábamos los dos juntos porque nuestra respiración está acompasada por el mismo diafragma: el amor irrenunciable a la Patria. Ese amor que, como los toros de Iberia, se crece en el castigo y se engrandece en la persecución.

No sé si Santiago Abascal seguirá sin fumar. Supongo que sí, porque los aizkolaris se cuidan tanto como miman el filo de sus hachas, la elástica dureza de sus músculos y la limpieza manantial de sus pulmones.

El otro día en Vasconia Santiago Abascal rompió su celibato de nicotina y se fumó un elocuente puro con la Bandera de España por vitola frente a la horda de bárbaros hispanicidas que babeaban su odio añorando las pistolas y la metralla con las que en un tiempo, no tan lejano, llenaron de cuajarones de sangre las calles de España, de cadáveres los tanatorios, cubrieron de luto y de lágrimas a las viudas y a los huérfanos y de responsos y homilías emasculadas las parroquias de los curas cobardes, de los sacerdotes cómplices y de los obispos del sanedrín del PNV.

Entre las bestias lobotomizadas por Sabino Arana y Santiago Abascal y su puro solo había una frágil línea de la ertzaintza, esos pretorianos de opereta del PNV, dignos herederos de aquellos gudaris que corrían como gallinas con diarrea ante los requetés navarros y que, en la playa de Santoña, lloraban mientras se hacían caca en los pantalones antes de rendirse, sin pegar un tiro, a las tropas de Franco.

El puro de Abascal es un símbolo y un rito, no codificados pero sí vigentes entre los hombres de honor. Por eso hoy es prácticamente desconocido, no por falta de puros sino por falta de honor. Cuando un hombre de honor iba a ser fusilado por el enemigo, también honorable, se le concedía una moratoria de un par de minutos para que se fumara un pitillo ante el pelotón de ejecución.

El oficial al mando le ofrecía su petaca, y el condenado fumaba parsimoniosa y ostentosamente para mostrar, en un último gesto de gallardía, que sus manos y sus labios no temblaban porque el miedo no estaba invitado al patíbulo. Uno no elige cuándo muere, pero sí puede elegir cómo hacerlo; al fin y al cabo no somos más que el recuerdo que de nosotros dejamos en los demás. Fundamentalmente en los que nos arrebatan la vida.

Santiago Abascal se fumó el símbolo y cumplió el rito ante los bárbaros hispanicidas que le odian por ser vasco y por ser español. O sea, doblemente español.

Fumó tranquila y pausadamente mostrándole al enemigo la firmeza de sus manos, de su mirada y de sus palabras como solo saben hacerlo los hombres de honor.

Cuídate, Santiago. Mucho. Y vigila tu espalda, que es siempre la línea de ataque de estos cabronazos.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )