EL RELATO

Me imagino a un criminal diciendo ante el juez “la maté porque era mía y lo volvería a hacer, Señoría”, a su abogado defensor argumentando que al acusado el ampara el derecho a comportarse como lo hizo, y a un grupo de fans del asesino, gritando en  la calle ¡libertad, libertad!

En otras circunstancias cualquier visitante desinformado que escuchase aquel diálogo podría pensar que se trataba del rodaje de una película, porque ya se sabe que la literatura y el cine pueden convertir en realidad simulada cualquier esperpento, pero lo cierto es que la escena es real y  ¡ay de quien se atreva! – como hago yo en este instante – a cambiar el relato!

Así que me voy a permitir seguir con la metáfora porque es un terreno en el que me siento cómodo

Está visto que lo importante en la vida es estar bien organizados y tener un potente club de fans capaces de defender cualquier tesis que nos interese,  porque la razón o algo que se aproxime a la verdad han dejado de ser importantes frente a la propaganda que hacen  el club de mamporreros afines y bien pagados, que consigamos acumular en favor de nuestra causa.

Y llegados a este punto es cuando me enervo porque se han apropiado de la palabra relato, que es un concepto muy querido  para quienes nos dedicamos a contar historias  que aunque parezcan inventadas, siempre se inspiran en  los hechos que hemos vivido, observado o soñado.

El relato puede aderezarse,  pero se convierte en material de desecho cuando se fundamenta en la mentira o en la negación de hechos públicos que han podido ser observados.

Por eso, y no por otro tipo de razones que podrían ser jurídicas o  estratégicas, no se entiende que el que se sienta en el banquillo por haber asesinado a su mujer pretenda argumentar que aquello no fue un delito porque tenía derecho a hacerlo.

¡Ahórreseme, señorías y abogados defensores el trabajo de pedirme que renuncie a la metáfora, porque no escribo para ustedes sino para quienes están jodidos pagando multas a Hacienda porque cometieron un error en el cálculo de su declaración, o quienes viven en una celda por haberle pegado un navajazo en una discusión a un paisano, o los que han robado a manos llenas porque tenían en el ADN la condición de ladrones. No me dan pena ninguno de ellos pero,  en tratándose de gente que delinque,  nadie puede negarme que comparten la condición de colegas los Junqueras y los Dionis.

Ahora bien, si algunos de ustedes se ha creído que es lo mismo un político que  incumple la ley que un chorizo que afana lo que pilla en un descuido, está muy equivocado. El ladrón  de poca o mucha monta sabe que si le pillan está bien jodido, pero el delincuente con acta de diputado tiene demasiados colegas que, por si alguna vez les toca a ellos, se esmeran en ayudarles a salir del embrollo.

La justicia, en ocasiones,  no es igual para todos.

Diego Armario