Con su tradicional mensaje de Nochebuena a todos los españoles, Su Majestad el Rey dio un impecable ejemplo de defensa de la Constitución como garante de «nuestro modo de entender la vida, de nuestra visión de la sociedad, de la dignidad del ser humano y, por supuesto, de nuestros derechos y libertades en democracia».

La reivindicación de la Constitución, no como un texto heredado en trámites de caducidad, sino como el fundamento vigente y más sólido de nuestra convivencia frente a quienes se han propuesto derruirla, fue uno de los mensajes más relevantes de Don Felipe, quien además hizo hincapié en que «todos tenemos el deber de respetarla».

Fueron sin duda palabras de concordia en unos momentos en los que el independentismo y el populismo de extrema izquierda mantienen su ofensiva contra la Carta Magna, con intentos constantes de derogar muchos de sus postulados esenciales por la vía de los hechos consumados.

No es hora de dar por superada la Constitución, sino de realzarla como solución útil y próspera para muchos de los males que aquejan a nuestra sociedad y frente a quienes alientan la fractura social, la división política y la polarización ideológica de los españoles.

De hecho, Don Felipe recordó, invocando un «gran esfuerzo nacional» para la recuperación de España tras la trágica pandemia que nos ha marcado para siempre, que la Constitución es la clave de los avances y progresos conseguidos en democracia, y que a su vez, estos son «el resultado del reencuentro y el pacto entre los españoles después de un largo periodo de enfrentamientos y divisiones».

La unidad en los valores democráticos frente a quienes alientan la división, el respeto a la pluralidad sin imponer criterios excluyentes y sectarios, o la capacidad de dialogar para alcanzar acuerdos políticos, son determinantes. Son principios que, como sostuvo Don Felipe, no pueden perder «nunca vigencia por el paso de los años». Por eso, el revisionismo constante que algunos partidos impulsan desde el revanchismo no deberían tener cabida en la España de concordia que reafirmó el Rey con nitidez.

Respetar nuestros principios democráticos y cumplir con las leyes vigentes, en lugar de desobedecerlas -una conducta arquetípica del separatismo-, debe complementarse además con la preservación de los valores éticos inherentes a todos los poderes públicos e instituciones, incluida desde luego la Corona.

En este contexto, Don Felipe volvió a trazar una nítida línea roja frente a los comportamientos poco ejemplares ocurridos en su propia familia, en especial con la figura del Rey emérito, Don Juan Carlos, quien por primera vez en democracia estuvo ausente de España en una Nochebuena. En 2014, con motivo de su proclamación ante las Cortes, Don Felipe ya subrayó su indiscutible compromiso y respeto por los principios morales y éticos que los ciudadanos exigen de quienes integran los poderes públicos, desde la Jefatura del Estado hasta el último funcionario.

Lo mismo hizo el pasado 15 de marzo, cuando se desmarcó taxativamente de las conductas abusivas y poco ejemplares que diversas investigaciones atribuían a su padre.

El Rey no solo no rehuyó esta espinosa cuestión, que sin duda le afecta como hijo, sino que tuvo la valentía de volver a marcar distancias: esos principios «nos obligan a todos sin excepciones y están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares».

El Rey fue concluyente, lo cual es digno de elogio, en la protección de la Corona por encima de las personas insertas en comportamientos irregulares. Por eso incidió en el «espíritu renovador» que inspira su reinado desde el primer momento.

Habrá partidos -esos que han iniciado una cruzada de acoso y derribo a la Monarquía desde el seno del propio Gobierno, y que jamás respetan la presunción de inocencia para nadie que no sean sus militantes- a los que no les parezcan suficientemente contundentes las palabras de Don Felipe. Pero sí lo son.

Nadie con un mínimo de objetividad podrá sostener que Don Felipe ha declinado sus responsabilidades como Jefe del Estado aun a costa de sufrir fricciones familiares muy dolorosas.

La Monarquía parlamentaria es la auténtica garantía de que nuestro sistema político diseñado en la Transición siga siendo válido para España. Y más aún en estos momentos de zozobra e incertidumbre ciudadana, con una profunda recesión económica en marcha, con muchos empresarios castigados por la pandemia o directamente en la ruina, y sobre todo con cientos de miles de personas echando de menos a tantos seres queridos arrastrados por el coronavirus a la muerte.

El emotivo recuerdo para todos ellos, y para todos los colectivos sanitarios que han luchado, y lo siguen haciendo aun a costa de su propia salud, demuestra que Don Felipe es el Rey que merecemos tener porque su compromiso con España, y con nuestro futuro, es irreversible.

Es hora de que España, con su Rey al frente, se quiera a sí misma y deje de hacerse daño.

ABC