EL REY Y LOS MELLIZOS

No se quieren enterar, ye, ye, que como cantaba Lola Flores, lleva sangre de reyes en la palma de la mano. Y al igual que su augusto bisabuelo en aquel «adiós, mi España querida» que fue su manifiesto «Al País» en el triste abril de 1931; y al igual que su egregio abuelo cuando era para nosotros una esperanza de democracia en Estoril; y lo mismito que su admirable padre, al que ahora le han puesto ese chocante mote de «El Emérito», Don Felipe VI (q.D.g.) es el «Rey de todos los españoles».

Incluidos los que quieren echarlo camino de Cartagena, que «unos dicen que a Almería y otros que pá Cartagena». Es más: los leales a la Corona sabemos que Su Majestad cuida y trata con mayor delicadeza y afecto a los republicanos que a los que defendemos a la Institución, porque nos sabe leales por encima de todo.

Dicho lo cual (¡perdón, que me ha salido en tertulianés!), habré de considerar que no sé qué se habrá creído don Pablo Iglesias que es el Rey Don Felipe, qué condición moral y ética tiene. Toda España, hasta los que no sólo le tenemos miedo a Podemos, sino pánico, se ha alegrado de que hayan podido salir adelante los dos mellizos prematuros que tuvo con su mujer, Irene Montero.

Se trata ni más ni menos de algo tan sagrado como la vida, y todos hemos dado la bienvenida a ella a esos dos chavales nacidos con sólo seis meses de gestación. No es digno de reseñar ni de extrañar, pues, porque es lo lógico, lo humano y para algunos lo cristiano, el silencio de respeto que la nación entera ha guardado mientras en la Sanidad pública iban ganando el difícil barlovento de la vida esos mellizos de Iglesias. Lo que sí me sorprende es que Iglesias se haya extrañado de que Don Felipe VI se haya interesado por sus niños.

¿Qué creía, que les iba a desear un mal final? Como sorprendido, ha dicho el que verdaderamente manda en Pedro Sánchez con su préstamo bien cobrado sobre los 84 ridículos diputados: «El jefe de Estado me trasmitió su cariño y el de la Reina y, aunque Irene y yo somos republicanos, agradecemos esa llamada». ¿Pero qué se creía este gachó, que los sentimientos humanos de Don Felipe VI estaban reservados para los monárquicos?

Ahí tiene una demostración más que sobrada de que es Rey de todos los españoles, incluso de los de Podemos, que ya es ser. Se extrañará quizá porque no sé, ni quiero imaginarlo, qué hubiera pasado si hubiese sido al revés: si quien hubiera tenido unos mellizos prematuros en peligro de no acceder a la vida hubiese sido, ¿qué digo yo?, uno del PP o de Ciudadanos. Vamos, un facha. ¿Se hubiera interesado Iglesias por su estado y le hubiera deseado el mejor aferramiento a la vida, como han hecho el Rey y todos los liberales y conservadores?

Iba a decir un viejo refrán sobre las creencias de los ladrones sobre la condición del prójimo, pero podría ser mal interpretado, y no vayamos a tenerla. En su agradecimiento a los que se interesaron por sus mellizos y en su justa alegría por la superación de todas las adversidades, que es nuestra propia alegría como defensores de la vida, Iglesias ha cantado otra lamentable gallina.

Igual que sobre el Rey que quiere echar, ha sido sobre los que creemos en Dios, creador y dador de vida. Ha dicho Iglesias, haciendo una innecesaria profesión de falta de fe: «Somos ateos, pero explicaremos a nuestros hijos que nuestros amigos creyentes rezaron por ellos. Nos consta que la Virgen del Tránsito, Santa Rosa de Viterbo y Santa María Liberatrice fueron interpeladas (y nunca se sabe).

Hay pocos gestos de amor y amistad más hermosos. Enseñaremos a nuestros hijos que sean siempre respetuosos con el que piensa distinto porque la humanidad, la decencia y la amistad no son el patrimonio exclusivo de ninguna causa». Pues a ver si lo que van a enseñar a sus hijos empiezan a practicarlo ustedes mismos, señor Iglesias. Porque nadie da lo que no tiene.

Antonio Burgos ( ABC )