EL RIDÍCULO

Te lo advirtió Tarradellas: “Lo que no podemos hacer es el ridículo“. Posiblemente lo pensó al ver el apoteósico recibimiento que le tributaron, preludio de los excesos posteriores hasta llegar a la penosa situación actual. Porque si bien es verdad que la historia se repite, primero como tragedia, luego como comedia, la línea entre la comedia y el ridículo es finísima, hasta el punto de llegar a confundirse, como está ocurriendo en una Cataluña donde nadie sabe quién manda, la CUP, el PDCatERCPodem, la ANCOmnium o todos al mismo tiempo, es decir, ninguno, lo que explica que las empresas salgan en estampida, Europa tema el contagio y la comedia se convierta en sainete.

Parece que Puigdemont quiere comparecer ante el Senado, adonde no iba ni a rastras. Digo parece porque nada es seguro hoy en Cataluña. Si va a decir que quiere restaurar el Estatut derogado por el Parlament, y volver a la senda constitucional, magnífico. Pero si va a soltarnos el rollo de las ofensas, robos y humillaciones que ha sufrido Cataluña a manos del Estado español, puede ahorrarse el viaje porque nos lo sabemos de memoria y, tras lo ocurrido las últimas semanas, sólo van a creerle los que cobran de la Generalitat primas suculentas para sostener un mito que ya no se sostiene. España ni roba, ni aplasta, ni humilla a Cataluña. Son algunos catalanes, con él a la cabeza, los que la han llevado al lastimoso estado en que se encuentra. El “relato” es un mito, por no decir timo.

Cataluña y el País Vasco han venido siendo los niños mimados de España. Con buenas razones al ser sus partes más dinámicas y modernas, hacia donde se ha dirigido el capital monetario y humano del resto, fuente de su despliegue económico. Lo aceptaron la Restauración, la República, el franquismo, la democracia, como todos sabemos. Lo malo es que han terminado creyéndose superiores. La mayor de sus mentiras. Porque ¿quién es más catalán, Puigdemont o Rufián? Cataluña es hoy la parte más mestiza de España, que ya de por sí lo es mucho. Pero como todos los niños mimados, se han inventado una Cataluña fuera de España, pero en Europa, con todos los privilegios y ninguna de las obligaciones consiguientes, hasta que la realidad les ha mostrado que tales Arcadias no existen. Dos millones de catalanes se resisten a renunciar a tal sueño.

Es más difícil renunciar a los sueños que a las realidades. Pero cuanto más tiempo tarden en enterarse de que Cataluña sin España es muy poco, más poco será. El viernes es su última oportunidad, el último plazo para admitir que van camino del desastre. No me refiero sólo al económico, sino al humano, pues nada daña más que el enfrentamiento interno, en manos de unos dirigentes que nos explican por qué nunca han llegado a ser Estado-nación: hábiles en el regate corto, les falta visión para ver más allá de sus límites. Una pena.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor