EL ROSTRO DE LOS MALVADOS

Apenas recuerdo lo que estudie en psicología porque mis años de la Complutense han quedado muy atrás y,  cuando estaba decidido a dedicarme a analizar la mente humana, un día mi padre puso delante de mis ojos una anuncio con la convocatoria de los exámenes de ingreso en la Escuela Oficial de Periodismo,  cedi a la tentación de lo insustancial y  abandoné el camino de la trascendencia que había emprendido.

Sin embargo nunca perdí mi afición por esa disciplina  que estudia la mente humana porque en el oficio de reportero tienes que saber calar al personal para que, aunque te intente engañar con sus palabras,  seas capaz de descubrir los signos que le delatan por la expresión de su rostro, y les aseguro que muy pocas veces falla la intuición cuando tienes frente a ti a un hijo de satanás o a una malvada mal nacida, expertos en hacer el mal.

A veces  sus rasgos posee un cierto atractivo, pero su mirada fría, su sonrisa torva, su rostro adusto o sus aficiones inconfesables les delatan por más que intenten disimular sus manías clandestinas, y cuando acaban cometiendo un delito especialmente repugnante solo se sorprenden sus despistados vecinos, que son esos seres que jamás sospechan de los malvados y acaban diciendo que los delincuentes en cuestión parecían buenas personas.

A este grupo de gente bienintencionada hay que añadir el de los  tontos útiles con carné de prensa, especie mal pagada y sin criterio, que profesa la ideología de la corrección política y  han decidido que hay que proteger a los delincuentes con el mismo mimo con el que se cuida a las especies en extinción, y fieles a ese principio tapan o pixelan sus rostros.

Este criterio es fluctuante porque dependiendo de las características personales, sexo, ideología  o nacionalidad del supuesto delincuente su rostro desaparece ante la opinión pública o se buscan sus fotos para que todo el mundo los conozca y reconozca.

Yo soy partidario de que en todos los casos puedan verse su imagen y que los medios de comunicación no la oculten artificialmente porque, salvo que ellos mismos se tapen con pasamontañas o cascos,  la sociedad tienen derecho a saber quiénes han violado a unas chicas, maltratado a sus hijos o asesinado a sus parejas.

En periodismo no vale ocultar los rostros de unos delincuentes con el pretexto de no violar su intimidad y al mismo tiempo exhibir los de otros conculcadores de la ley, dependiendo de las características de cada uno de ellos, porque con ese criterio selectivo no se protege el bien principal de la información sino que se tergiversa el hecho objetivo del delito cometido,  en favor de una ideología ya sea  por razón de género, de nacionalidad o de pertenencia a un grupo de ideología afín.

El caso de Maria Sevilla una mujer que acuso falsamente a su ex marido de abusar de su hijo y que ha sido detenida por mantenerlos  acondiciones insalubres, sin escolarizar y aislados de toda convivencia, no puede ser tratado como una excepción por el solo hecho de que algunos medios simpaticen con su ideología.

Diego Armario