EL SANCHISMO DE NUESTROS SOBRESALTOS

En el régimen anterior (tímidamente apellidado «transición democrática», que ahora concluye) sobresalían las figuras carismáticas de algunos líderes de los grandes partidos: Suárez, González, Pujol, Aznar. Reconozco haber sido muy crítico con algunos de ellos, pero debo reconocer su enorme personalidad.

Ya con la etapa decadente de Zapatero y Rajoy se empezó a imponer la figura del líder anodino, desangelado, lo que en castellano popular se dice «un sansirolé bendito». La culminación del nuevo arquetipo llega a su máximo esplendor con el doctor Sánchez, quien realmente inaugura un nuevo régimen en el que ahora entramos. Todavía no tiene nombre, pero tengo para mí que nos acerca a lo caótico.

A ver si no es un desbarajuste oceánico que el doctor Sánchez se haya pasado un año cogiendo cotufas en el golfo al tratar de formar Gobierno. Al final, la rueda catalina para lograr una tarea tan delicada ha sido el plácet de un partido tan estrambótico como Esquerra Republicana de Catalunya. Se dice pronto, es un partido que no se considera español ni constitucional; ni siquiera acepta la monarquía como forma de Gobierno.

La exigencia implícita de Esquerra para conceder su anuencia, para hacer su republicana gana, ha sido que los delincuentes encarcelados por golpistas y ladrones sean exonerados de toda culpa. Hay más, el más conspicuo de ellos ni siquiera fue a la cárcel porque se libró del procesamiento huyendo a otro país. Ello es que el forajido ha conseguido entrar por la puerta grande en el Parlamento Europeo, se supone que representando a España.

No caben mayores embrollos. Bueno, sí caben. Todavía hay que ver un Gobierno de socialistas y comunistas con el paternal beneplácito de una Esquerra engreída. Lo menos que va a exigir la partida separatista, para ser consecuente con su credo, es un referéndum de independencia para Cataluña. Todavía hemos de ver el capítulo de las pingües indemnizaciones que el Estado español otorgará a los golpistas catalanes por los siglos de opresión que ha sufrido Cataluña.

En síntesis, el nuevo régimen empieza a estar enfangado en múltiples conflictos. Además, todo ello en el orto de una grave crisis económica. Claro es que tal confluencia ha sido la tónica común al advenimiento de distintos regímenes: la Restauración, la II República, el Franquismo y la Transición democrática. Desgracia la nuestra.

Acabáramos. Ahora se entiende por qué el régimen anterior se llamó ‘transición’. Era el tortuoso camino que nos llevaba generacionalmente al caos. Resulta inevitable personalizarlo en el sanchismo. Así queda escriturado en honor de su epónimo Sancho Panza, insigne Gobernador de la ínsula Barataria.

Con el Sanchismo triunfante, asoma la contingencia de la balcanización de España. Habrá quienes gocen con la resurrección del cantonalismo. Otros, más reservados, pensarán que esto va a ser, por fin, el auténtico Estado federal. No debe descartarse la eventualidad del irredentismo, consecuencia natural del independentismo de algunas regiones. Es claro que las Vascongadas persiguen la anexión de Navarra e incluso de los territorios de la vascofonía de Francia.

No harán ascos a colonizar Castro Urdiales y parte de la Rioja que no es vasca. La Cataluña próxima a la independencia no parará hasta incorporar a las Baleares, el reino de Valencia y la franja de Aragón; sin olvidar la nostalgia del Rosellón. Claro que también tendrá que afrontar la lógica emancipación del Valle de Arán, con su lengua propia y todo.

Lo anterior puede contener algunas lucubraciones ociosas. Ciertos vaticinios igual no se cumplen. Cabe la opción de que sigamos así por decenios, con la misma ambivalencia y la incapacidad para formar un Gobierno estable. Los viejos nacionalismos regionales, acomodados como independentistas, continuarán chantajeando al Gobierno con la misma avilantez frente al Estado que les roba.

Lo único seguro es que, tanto en Cataluña como en Vascongadas, continuará la misma preponderancia de la clase social autóctona y mediocre. Conseguirán que los charnegos o maquetos se vayan definitivamente a sus tierras de origen, de ellos o de sus mayores.

Amando de Miguel ( Libertad Digital )