EL SANTO Y EL CÍNICO

Contra el prestigio martirial de Junqueras conspira una frase terrible de Oscar Wilde: «Nadie muere por lo que sabe que es cierto». Al exquisito irlandés le repugnaba el mecanismo religioso por el que el sufrimiento personal legitima una impostura intelectual. La cruz solemniza cualquier ficción.

El ilustrado sabe que una causa es buena o mala en sí misma y no en función del dolor invertido en su reivindicación; pero la razón pura no opera fuera de la ciencia y desde luego no en la política, hábitat impuro donde la emoción mueve a diario voluntades contra toda lógica. El propio Wilde experimentó la necesidad de aferrarse a la trascendencia en la cárcel de Reading, donde su prosa más profunda se despojó de ironía.

Junqueras cree que su padecimiento es el peaje que Dios y la Historia le exigen para realizar en la tierra la república catalana. Y quizá el sacrificio -el mismo al que no están dispuestos ni Puigdemont ni Torra ni Torrent ni la mayoría filistea de los catalanes que los votan- sea para la independencia una condición necesaria, pero nunca suficiente.

De la obsesión pueril que delata el anhelo de martirio ya nos advirtió, riéndose de sí misma, esa catalana llamada Teresa de Ávila que a los siete años partió a pie hacia Granada para que la descabezasen los moros; alcanzar la santidad le costó bastante más.

Junqueras es libre de creer que su cautiverio aproxima la desintegración de la nación que dice amar, pero eso solo sucederá si el público -si todos los españoles- se rinde al espectáculo de su tormento y accede a liquidar la soberanía en referéndum constituyente. Acierta en cambio cuando declara que una condena no resolverá «el conflicto», lo cual es como decir que castigar a un ladrón no conviene a la redistribución de la riqueza. Oiga, apliquemos la ley sin desatender la fiscalidad.

Ahora bien. El martirio, para que surta su efecto proselitista, ha de obedecer a una elección libre. Y no está claro que Junqueras abrazara el castigo como manda su papel: más bien desafió al Estado en la convicción de que nadie se atrevería a encarcelarle.

Luego, ya dentro, reescribió el relato para adaptar su dramático error de cálculo al género de la hagiografía. Lo mismo ha hecho Sánchez con la convocatoria electoral: trata de que olvidemos su terca intención de agotar la legislatura mediante la escenificación monclovita de una decisión propia, cuando sabemos que a través de Iglesias mendigó el apoyo del separatismo hasta la misma víspera de la votación presupuestaria.

De modo que no estamos ante un santo y un cínico sino ante dos cínicos: uno trascendente y otro a corto plazo. Uno sueña con presidir una república al salir del trullo y otro con mantenerse en vuelo al abrir las urnas. Pero todas las mentiras acaban aterrizando. Y el procés y el sanchismo parecen ya pedir pista.

Jorge Bustos ( El Mundo )