EL SEÑOR LOBO

Vuelvo a ver el vídeo. Dos hombres de traje y corbata dándose la mano. El más corpulento, de bigotón negro, luce una media sonrisa que transmite aplomo, dominio de la situación. El otro, de ojos glaucos, destila una eufórica alegría por ver a su interlocutor y choca su mano con tal énfasis que no la suelta, como si hubiese sufrido una descarga eléctrica en los dedos. La escena podría parecer robada de una comedieta de Mr. Bean, o tratarse de un «deep fake». Pero al parecer es real.

El hombre de los ojos claros ha viajado 38 veces a Venezuela en los últimos tres años, en calidad de «mediador internacional». Un promedio de un vuelo mensual a Caracas. ¿Para qué?

 Por ahora, para nada. ¿Quién paga esos viajes? No se sabe. ¿A quién representa a día de hoy? Se ignora. ¿Qué le anima a seguir yendo a Venezuela toda vez que su misión ya se dio por fracasada hace meses y que una de las partes en conflicto, la oposición, no lo reconoce como interlocutor, porque lo ve parcial y entregado al dictador? Tampoco hay respuesta.

Mientras Guaidó era aclamado en la Cámara de Representantes de EE.UU. y se veía con Trump, Maduro recibía en Miraflores a uno de sus aliados, el ministro de exteriores de Rusia, el sinuoso Lavrov. Nada más salir el hombre de Putin del despacho entró el hombre de los ojos claros. Allí tuvo la oportunidad de conversar con el dictador y orate económico (un tipo que además de machacar los derechos humanos en seis años de mandato ha provocado el éxodo de cinco millones de sus compatriotas, un desplome del PIB del -52% y una inflación del 1.700.000%).

En el encuentro participó también la vicepresidenta Delcy Rodríguez, cumplimentada hace tres semanas en Barajas por el ministro Ábalos, incumpliendo así el Gobierno español sus compromisos diplomáticos con la UE, que proscribían su presencia en suelo europeo (e irritando a Estados Unidos).

Una vez que la prensa española destapó el encuentro secreto, el Ejecutivo de Sánchez se defendió con su arma predilecta: la mentira serial. Seis versiones distintas del encuentro, que fueron desde negar su existencia a reconocer que duró media hora.

En España ya da todo un poco igual. Estamos a punto de cambiar el Código Penal al dictado de un preso separatista sedicioso y negociamos con él la «autodeterminación» de una región española. Pero en Estados Unidos todavía conservan ciertos principios «carcas».

Por ejemplo, distinguen perfectamente quién es un aliado fiable y quién no. Su impetuoso presidente lo tiene claro: los desaires a EE.UU. se pagan. La factura de las torpezas diplomáticas de Sánchez ya ha llegado (pregunten a los aceiteros cómo les va en el mercado estadounidense tras el rejón de los aranceles). Y el festival Delcy no ha agradado en la Casa Blanca: «Quienes apoyan a Maduro deberían tomar precauciones», advierten.

En «Pulp Fiction», la película que puso en órbita a Tarantino en 1994, Harvey Keitel encarnaba al señor Lobo, un mediador cuya misión era borrar el rastro de grandes tropelías.

El «caso Delcy» atufa, las mentiras chirrían y toca esconder la roña debajo de la alfombra. El señor Lobo ha aterrizado en Caracas.

Luis Ventoso ( ABC )