EL SEPARATISMO SE DIVIDE ASÍ MISMO

Tiene su lógica que el separatismo, cuyo proyecto es crear división donde no la hay -entre españoles y catalanes, entre catalanes buenos y malos-, termine dividiéndose a sí mismo. Ya nadie puede negar la obvia fractura entre ERC, CUP y Junts per Catalunya, quizá para quitar hierro a una amenaza que sigue viva pero perjudica los planes del Gobierno de Pedro Sánchez, cuya longevidad depende de los votos independentistas. Pero la inocultable fractura no supondrá ventaja alguna para el constitucionalismo hasta que se manifieste en la asunción de responsabilidades y la variación del discurso en pro de la convivencia y el respeto a la ley.

La división entre los estrategas del secesionismo mantenía cerrado el Parlament y provocó ayer la suspensión del Pleno, pues los posibilistas de ERC eran partidarios de acatar la delegación del voto que les brindó el Supremo, mientras que los más leales a Puigdemont se obstinaban en la desobediencia. Al final, la mayoría independentista en la Mesa del Parlament aprobó el acuerdo alcanzado in extremis entre JxCat y ERC para delegar el voto de los huidos y presos, en contra del criterio de los letrados. En caso de que saliera adelante este acuerdo, toda decisión de la Cámara podría ser ilegalizada.

Ahora bien, si se acaba precipitando el adelanto electoral, dudamos mucho que los llamados posibilistas acaudillados por Oriol Junqueras articulen otro mensaje en campaña que el de la autodeterminación irrenunciable. Si tras contar los votos pueden sumar con aquellos de los que hoy se quejan en privado, sumarán. Y todo seguirá igual. El único cambio verdadero depende de que la marca catalana de Podemos prefiera un día el racionalismo constitucional al identitarismo hispanófobo, epifanía improbable en un partido netamente populista.

Que la estabilidad de la legislatura en la autonomía catalana está amenazada no es noticia: allí no hay estabilidad desde que Artur Mas decidió lanzar el procés. Tampoco es probable que las cosas mejoren tras otras elecciones autonómicas en clave plebiscitaria sobre la independencia. La parálisis a la que la cerrazón secesionista condena a Cataluña seguirá extendiendo sus efectos perniciosos dentro y fuera de esa comunidad, y confiar en un Govern presidido por ERC se nos antoja un ejercicio de voluntarismo abocado a la melancolía tras la operación intentada por Sáenz de Santamaría.

Por lo demás, cabe celebrar que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos haya rechazado la demanda de una responsable electoral del 1-O contra la actuación del Tribunal Constitucional. Estrasburgo refuta el victimismo al señalar que la imposición de sanciones por parte del TC fue correcta y advertida previamente. Tras los reveses de los tribunales belga y alemán, que la Justicia europea avale al TC sienta un precedente importante que quizá sirva a los medios internacionales para examinar con mayor rigor la mercancía averiada de la propaganda separatista.

El Mundo