EL SIESO DE LA BARRILA

La imprecisión de Sánchez choca como una ola en un acantilado contra el rigor de la Real Academia Española. El diccionario permitía hasta ayer calificar al todavía presidente como baldragas y desde hoy también como sieso. La lengua siempre es una buena herramienta para el alivio.

Desde el Tesoro de Covarrubias hasta el reguetón, el español acumula cientos de epítetos que parecen inventados expresamente para definir el espíritu inconsistente del doctor: fulastre, zamacuco, cenizo, abanto… Pero a esta hora de la reflexión, que en virtud del nivel de los candidatos a gobernar España es más bien disquisición colérica, el adjetivo más preciso para describir al inquilino de la Moncloa es irresoluto.

Este hombre nos tiene con el miedo en las canillas en Cataluña. No sabemos, porque él se ha encargado de cebar nuestras incertidumbres, si se va a poder votar sin coacciones en los colegios catalanes. Y mira que sabemos cosas. Sabemos, por ejemplo, que los casquivanos del socialismo andaluz se gastaron la subida de impuestos en largas noches de neón y ahora todos callan en la comisión de investigación del Parlamento porque el humo de las luces rojas provoca afonía.

Sabemos también que a Susana Díaz el cartero la ha llamado más de dos veces para que acuda a explicar cómo funcionaba el tendido eléctrico de la Junta, pero ha perdido la llave del buzón. Y sabemos también que el PSOE nos está machacando con la barrila, palabra que desde hoy acepta la RAE, del fascismo.

Según la maquinaria de la progresía, que está formada por militantes y voceros mediáticos, se está produciendo en España una invasión de fachas con bigote y tirantes, unos aliens de ultratumba que vienen a conquistar el territorio edénico de la esperanza en nombre del leviatán franquista.

Ese es su único argumento político en una coyuntura de recesión económica, con el paro trepando por las paredes de las casas porque, según Ábalos, «hay más confianza para encontrar trabajo», y con las visas del erario achicharradas en los burdeles de Andalucía, la tierra de los ERE.

Sánchez cometió en plena campaña electoral la «imprecisión» de aseverar que la Fiscalía depende de él. La soberbia aprieta. Y en eso se parece de forma desgarradora a los populistas de ambos extremos. Pablo Iglesias llegó a enviar un documento al PSOE durante sus primeras negociaciones para que el Fiscal General del Estado, los magistrados del Tribunal Constitucional o los vocales del Consejo General del Poder Judicial fuesen designados por su «compromiso con el programa del Gobierno».

Y Santiago Abascal lleva toda la campaña diciendo que si él gana las elecciones detendrá y pondrá unas esposas a Torra. En realidad, son iguales. Se diferencian sólo en sus aberraciones: unos quieren criminalizar a los ricos y otros a los inmigrantes.

Y Pedro Sánchez ha entrado a formar parte de ese grupo de bananeros de inspiración totalitaria que desprecian la autonomía de los otros poderes del Estado, pero en su caso con un agravante: quiere dominar el Judicial y el Legislativo mientras elude sus obligaciones como responsable del Ejecutivo.

Si mañana hay problemas para votar en libertad en Cataluña, el único responsable será el señor Sánchez. Un cobarde sin ideales. Un medroso incapaz de tomar medidas contra aquellos de los que depende su sillón. Un sieso con el que nos va a ir de sieso.

El primer sieso, según la nueva acepción incluida ahora por la RAE, que es sinónimo de desabrido, y el segundo, según la acepción de toda la vida. Si usted no la recuerda, búsquela en el diccionario. Ya verá como asiente con la cabeza en cuanto la lea.

Alberto García Reyes ( ABC )