EL SILBATO NACIONALISTA

El nacionalismo español más ultra es poco sutil. Suele emplear un tono humillante de superioridad (“qué pone en tu DNI”) mientras propone acciones, como el boicoteo a productos catalanes, que no dejan demasiado lugar a la imaginación. Lo cual le resta apoyos y relevancia pública. Su contraparte catalana, sin embargo, lleva años labrándose una imagen no solo moderada, sino incluso abierta, moderna y libre. Lo cual no es tarea sencilla, habida cuenta de que el nacionalismo es una ideología excluyente por definición.

Pero el movimiento independentista camina por un fino desfiladero. A un lado está el argumento de la minoría catalana oprimida por parte de España. Dicha exclusión justificaría la secesión. Este diagnóstico es muy discutible por las consabidas razones: España es una democracia consolidada y Cataluña disfruta de un nada desdeñable nivel de autogobierno. Pero en teoría es difícilmente rebatible: si la catalana fuera realmente una minoría oprimida sin esperanza de ser libre bajo el yugo español, la independencia sería difícil de negar desde un punto de vista democrático.

Dado que esa no es la situación, y que resulta complicado que una mayoría crea que sí lo es, el independentismo siempre ha tenido que confiar en el nacionalismo en última instancia para dar potencia y redondear su coalición. Esta combinación contradictoria, de sustrato excluyente asociada a la queja sobre una supuesta exclusión, es lo que ha llevado a los independentistas a intentar construirse una imagen lo más abierta posible. Pero debe mantener la base nacionalista, y para ello los dog whistles son particularmente útiles.

Es aquí donde se encuentra el argumento nacionalista con el de la minoría reprimida, y por eso la diferenciación de culturas y actitudes políticas fue el producto más perfecto de las dog whistle politics independentistas. Porque unos lo oían como llamada a defender la libertad. Pero para los otros era el supremacismo implícito que anhelaban.

Jorge Galindo ( El País )