EL SUELO BLANDO

El PP no se va a desplomar como la UCD, que era un partido casi sin militantes, porque tiene fuerte arraigo social, extensa implantación territorial y profunda capilaridad política. No se va a deshacer como un terrón de azúcar. Sin embargo, su involución electoral es patente en todas las encuestas: ya no se trata de una corriente sino de una tendencia. Sus dos grandes feudos de Valencia y Madrid están en serio peligro; ha perdido el voto de las capas urbanas y jóvenes –en sentido amplio: hasta 45 años– y sólo mantiene el primer puesto en las zonas rurales y entre los mayores de 65.

Eso significa que su célebre suelo, sin llegar a hundirse, se ha vuelto blando y ha descendido unos palmos, acaso suficientes para perder el liderazgo. Hasta 2016 era inverosímil que bajase del 27 por ciento; ahora la media de los sondeos le concede alrededor de cinco puntos menos. No, no le ocurrirá lo que a la extinta formación de Suárez y Calvo-Sotelo pero sí puede pasarle lo que al PSOE de Sánchez le sucedió con la irrupción de Podemos. En este momento nadie sabe con precisión hasta dónde puede llegar su retroceso.

Esa intención de voto, flagrante desde el estallido de la revuelta independentista catalana, se escapa, claro, hacia Ciudadanos. Pero no porque la formación de Rivera haya desplegado una ilusión esperanzadora o deslumbrante, sino por un trasvase automático motivado por el desgaste de un marianismo cuyo proyecto, más allá del simple mantenimiento del poder, parece agotado. Cs no es más que el embalse donde el centro-derecha, que continúa teniendo una mayoría social, desagua su desencanto.

Por eso avanza sin hacer ni proponer nada relevante, y se perfila vencedor en grandes ciudades y autonomías sin necesidad de escoger candidatos. Es un simple valor-refugio de los votantes del moderantismo, que proyectan sobre el partido naranja las expectativas que el PP ha defraudado. Su crecimiento no se debe tanto a lo que es, ni a lo que parece, como a lo que quieren ver en él unos electores sumidos en el cansancio, anhelantes de la frescura perdida por un PP abotargado, errático, apalancado en su menguante inercia y envuelto en sucesivos escándalos.

Es sabido que las elecciones no las gana la oposición, sino que las pierden los gobiernos. El de Rajoy empezó a perderlas desde que en el conflicto catalán reaccionó con luces tímidas y cortas, con desgana y a destiempo. En ese sentido, la decisión de Rivera de no entrar en coaliciones se ha revelado su principal acierto porque le ha permitido aprovechar la erosión de su rival y beneficiarse del descontento. Si el presidente no impulsa una reacción puede ser incluso demasiado tarde para revertir el sesgo de las cosas con su propio relevo. Cuando a un partido se le pone cara de perdedor, y al PP se le está poniendo, no es fácil cambiar ese aire mustio, angustiado y derrotista ni siquiera con un líder nuevo.

Ignacio Camacho ( ABC )