La inmensa mayoría de los españoles actuales hemos nacido y crecido dentro del llamado estado del bienestar, por cierto, surgido con motivo del despegue económico de España -llegamos a ser la novena potencia industrializada del mundo- iniciado en los años de gobierno del General Franco y esta es una realidad a la que nadie puede ser ajeno ni sustraerse si realmente, más allá de fobias y filias, más allá de informaciones tendenciosas y sesgadas, más allá de esa intención malsana de una izquierda pervertida de tergiversar la historia, queremos observar la realidad con objetividad.

Partiendo de la base de que nada surge de forma espontanea y es, más bien, la resultante del esfuerzo continuado de las generaciones precedentes, debemos considerar que lo que en la actualidad poseemos no es solo fruto de nuestro trabajo, sino del esfuerzo y del sacrificio de los que nos han precedido.

Afortunadamente, llevamos desde abril de 1939 sin vernos involucrados en un conflicto bélico si hacemos excepción de la invasión del maquis, que fue repelida debidamente; la heroica participación de la División Azul en la campaña de Rusia y del conflicto de Ifni en 1957, poco más nos ha quitado el sueño a lo largo de estos ochenta y tres años de paz y progreso continuado para España y para los españoles.

Nada que ver con lo sucedido a lo largo del primer tercio del siglo XX en el que, nuestros mayores, sufrieron los rigores de las interminables campañas africanas -1909-1927-, la revolución de Asturias (1934) y, para rematar, la triste y lamentable guerra civil que enfrentó a hermanos contra hermanos.

A partir de la finalización de aquella campaña, se guardaron las armas en los arsenales, se enfundaron los sables y los españoles comenzamos a disfrutar de la paz, algo casi desconocido a lo largo de nuestra dilatada historia.

Tal vez, por ello, nos olvidamos o quisimos olvidarnos de que el fantasma de la guerra, tan presente a lo largo de la historia de la humanidad, seguía planeando sobre nosotros. Le dimos la espalda a esta posibilidad y, con ello, llegaron los tiempos de dejar de invertir en gastos de defensa, convencidos de que los posibles enfrentamientos que pudiesen surgir no pasarían de ser lo que pomposamente llaman “guerras asimétricas” y jamás tendrían por escenario el viejo continente europeo y mucho menos nuestro suelo patrio.

Con el paso de los años dimos de lado, olvidándola, aquella máxima latina de “si vis pacem, para bellum” -si quieres vivir en paz, prepárate para la guerra-, seguros de que los gastos de defensa, para muchos ignorantes y para otros tantos malintencionados, eran inútiles y perfectamente prescindibles.

De esta forma, paulatinamente, los Ejércitos fueron reduciendo efectivos y el material comenzó a quedar obsoleto, a la vez que, con la absurda desaparición del Servio Militar obligatorio, se perdía del horizonte ideológico de los españoles el concepto de una eventual defensa de la integridad de la Patria. Tal situación, tal posibilidad, se antojaba tan remota que, al final, era algo que no iba con una buena parte del pueblo español. Si tal cosa sucede, decían, ya nos defenderán los militares que para eso están.

Si a todo esto añadimos esa pervertida educación que reciben nuestras juventudes, basada en un insano buenismo, en un relativismo pernicioso, en un pacifismo a ultranza, en un ecologismo suicida y un alejamiento, cada vez más agudizado, de la necesaria formación patriótica, podemos dibujar el desolador cuadro actual con el que nos encontramos.

Llevamos años derrochando, a manos llenas, el poco dinero que tenemos en cloacas feminazis, en chiringuitos lgtbijk…, ecologistas y animalistas; tirando el dinero, obtenido a base de unos impuestos injustos y a cada paso más opresivos, en pagar a ministrillas superfluas e innecesarias, niñatas pijasprogre, comunistas de salón, sin formación y totalmente inútiles; a financiar a centenares de asesores pese a que nos sobran funcionarios altamente cualificados; a mantener a cientos de políticos de medio pelo cuya preocupación, tanto a nivel nacional, como autonómico o municipal, no pasa, además de cobrar su sueldo a fin de mes, de atender, de forma obsesiva, sus perfiles en las redes sociales, incluso cuando asisten a plenos y comisiones en las que prestan más atención al teléfono móvil -que debería estar prohibido en estas circunstancias- que a aquello que se está dilucidando el sesión de turno.

En eso y en otras banalidades más por el estilo, que tan solo sirven para llevarnos a la ruina, dilapidamos el dinero público que, por mucho que se esfuerce en negarlo aquella lumbrera que ocupó una vicepresidencia del gobierno, sí que es de alguien, en este caso, de todos los españoles que pagamos los impuestos religiosamente.

De esta forma, año tras año, hemos visto como el presupuesto en defensa y seguridad merma ya que la clase dirigente lo considera innecesario, al no generar votos que es, en definitiva, de lo que se trata para mantenerse en el machito cuatro años más.

Ni nuestras Fuerzas Armadas, ni nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad están bien pagados, ni tampoco disponen de los medios necesarios para ejecutar, con solvencia y con garantía, los cometidos que legalmente tienen asignados. El material, en la mayoría de los casos, está obsoleto o simplemente no existe y los medios disponibles a cada paso más escasos.

Es verdad que de este mal lleva años adoleciendo España. Si repasamos nuestra historia reciente veremos que, tanto con ocasión de cualquier conflicto bélico en el que nos vimos involucrados, como consecuencia de la comisión de un hecho delictivo grave -magnicidios, grandes atentados, etc.-, la culpa siempre recayó sobre militares y policías sin que nadie, y mucho menos la prensa pesebrera, señalase a los únicos responsables de tales situaciones: los sucesivos gobiernos encargados de redactar los presupuestos anuales en los que las partidas asignadas a los Ejércitos y a las Fuerzas del Orden eran -lo siguen siendo- irrisorias.

No debemos olvidar que el actual presidente del Gobierno dudó en disolver el Ministerio de Defensa, en la misma medida que tardó en darse cuenta de que el mantenimiento de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad no constituye un gasto superfluo. Tal vez con esto quede todo dicho.

Es imprescindible, si queremos seguir manteniendo nuestro supuesto “estado del bienestar”, invertir en defensa y seguridad, manteniendo unos Ejércitos y una Policía operativos, con capacidad plena para dar respuesta a cualquier amenaza que se nos pueda plantear y si para ello las feminazis, los lgtbijk…, los menas, los chiringuitos ecologistas y animalistas e incluso esas exigencias de la globalitaria Agenda 2030 de Soros, Gates y compañía, tienen que aparcarse, que se aparquen para siempre.

Hemos perdido esa perspectiva de vernos, el día menos pensado, en la necesidad de defender a España más allá que con las palabras y, con ello, nos hemos convertido en una nación débil, carente de valores, irrelevante; una nación amedrantada, atemorizada por cualquier posible eventualidad que pueda surgir.

Un ejemplo claro lo tuvimos cuando, de forma arbitraria, no solo nos encerraron casi cien días en casa, sino que también nos limitaron, de forma reiterada, el libre ejercicio de nuestros derechos fundamentales y nadie, salvo unos pocos, levantaron la voz para exigir libertad. Todos agacharon las orejas y corrieron a obedecer como mansos corderos.

Hemos tenido la oportunidad de ver como los ciudadanos de los países de nuestro entorno salían a las calles a protestar, exigiendo el fin de las arbitrariedades de los sátrapas que los gobiernan; sin embargo, aquí, obedientes y atemorizados, hemos admitido de buen grado cualquier medida por arbitraria que fuera, impuesta por este gobierno de risa floja, y lo peor es que hemos entrado en una espiral de miedo insuperable de la que parece no queremos salir.

Este malvado virus globalista ha convertido a muchos en unos auténticos cobardes. Todavía hay quien huye despavorido de lugares donde pueda encontrarse con más gente. Quien te niega la mano si se la ofreces. Quien persiste en utilizar la maldita mascarilla incluso cuando pasea solo por calles solitarias en mitad de la noche.

Quien mira mal al que va desprovisto de bozal y se separa de aquel que no lo usa como si de un apestado se tratase. Quien persiste, de forma machacona, en querer limitar la libertad individual del que no quiera inocularse esa vacuna experimental y, sin embargo, reconoce el derecho a decidir que tiene una menor de dieciséis años si desea abortar…

A la vista de todo esto, de la forma de actuar y de conducirnos, la pregunta es sencilla, ¿qué sucedería si mañana España se viese inmersa en un conflicto bélico que amenazase nuestro suelo?

Mejor, qué Dios nos coja confesados.

José Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )